LA APROPIACIÓN EN EL FETICHISMO GAY – PARTE 2: LOS TIEMPOS ACTUALES
Goma
La cultura leather marcó un camino claro, una manera de hacer las cosas de un modo bien trabajado y definido, hasta el punto de que acabó permeando en el mainstream. Tanto la alta costura como fast fashion han utilizado prendas y estéticas fetichistas en innumerables pases de modelos. Sin embargo, la idea de hipermasculinidad ha evolucionado, especialmente desde finales del siglo XX hasta nuestros días, en los que hemos incorporado números elementos de grupos homosociales, creando diversas subculturas fetichistas.
Si bien el cuero fue el rey del fetichismo durante mucho tiempo —décadas—, la nueva generación, a partir de los 80-90, empezó a vivir de otro modo. El fetichismo del cuero tenía como referente a los Estados Unidos y la segunda guerra mundial, mientras que los jóvenes de esta época estaban más centrados en la cultura club europea de ciudades como Londres, Berlín o Ámsterdam. No solo carecían de nostalgia de una época que no vivieron, sino que todo el sistema de jerarquías y protocolos no iba con ellos. Así, el imaginario de motorista, militar o policía fue sustituido por una nueva fantasía. La goma emergió con mucha fuerza —impulsada por publicaciones como AtomAge o Skin Two— ya que mientras que el cuero es pesado, rugoso, rígido, y da mucha presencia, la goma se convierte en tu segunda piel, te encapsula, te permite una transformación, y en según que casos, anonimato —cuando usas catsuits y máscaras—. Unido a un brillo extremo, compresión y olor químico, este fetiche transmite una idea más futurista, más adecuada a la cultura club y ambientes urbanos y techno. Los nuevos referentes son la estética industrial y apocalíptica que proporcionan el imaginario de las grandes corporaciones que se están cargando el mundo, por lo que se apropian de los monos de goma, máscaras de gas, arneses, guantes, rodilleras y demás protecciones. Si el cuero es todo empaque, aunque la goma más popular es la que da el efecto “segunda piel”, también hay quien prefiera la goma industrial —gruesa, ancha—, y, en su uso más extremo, apuesta por la despersonalización, ocultando cualquier rastro de humanidad —rostro, vello, edad, imperfecciones—. Sobre este fetiche existen numerosas variaciones. La estética Drone, que persigue la anulación completa de la naturaleza humana, dejando de ser persona para convertirte en objeto. Envolverte en goma mientras estás atado en alguna posición no humanoide, usar prótesis que modifican el cuerpo de mil maneras, desde formas animales —cuernos, ubres de vaca, colas, pezuñas— hasta otras más fantasiosas —como demonios—, o usar goma inflable, te hacen perder cualquier atisbo de forma antropomórfica. Engomado, el cuerpo ya no solo se codifica: se deconstruye y se borra.
Otro motivo de su expansión y popularidad, por qué no decirlo, podría ser por ser menos costosa que el cuero, y recordemos que estamos en un contexto de crisis económicas encadenadas desde hace muchos años, por lo que la nueva generación no está dispuesta a —o no se puede permitir— desembolsar lo que cuesta el cuero.
Skin
En paralelo, también alrededor de los años 80, surge otro fetichismo gay: la estética skinhead. Aunque este caso no es tan sencillo. El skinhead original nace en Londres en los 60 como subcultura obrera influida por mods y rude boys jamaicanos. Los elementos que todos ahora claramente identificamos como de skin, botas, tirantes o jeans rectos, en realidad eran ropa obrera. Cuando algunos gays comienzan a erotizar este movimiento, no solo les atrae la masculinidad extrema —agresividad, rudeza, clase obrera, violencia latente (y no tan latente)—, sino la idea de “autenticidad working-class”, en contraste con una estética gay más percibida como urbana, sofisticada o consumista —léase el cuero—.
En sus orígenes, en el movimiento skinhead hubo de todo: skins apolíticos, SHARP (Skinheads Against Racial Prejudice), RASH / redskins, punks/skins queer y también white power skins. De hecho, el artículo académico de Borgeson y Valeri muestra que algunos gay skinheads minimizaron la visibilidad de su homosexualidad dentro de espacios skin “tradicionales” reforzando su apariencia masculina y el rechazo a lo afeminado. En los 80 y 90, el imaginario mediático vinculó a los skinheads con violencia callejera, neonazismo, y extrema derecha, así como homofobia y gay bashing. De nuevo tenemos un caso de apropiacionismo inverso, al adoptar la estética skin que pasa de signo de violencia y homofobia a objeto de deseo y pertenencia, porque el fetiche skin gay erotiza la imagen visual sin adherirse a la ideología. Así, encontramos al menos dos subgrupos, los gay skinhead y los skinhead fetish, y al menos tres perfiles: gays dentro de la subcultura skin por música/política/estilo, gays que integran ambas identidades y hombres que sexualizan la estética skin sin pertenecer a esta cultura. Esto genera tensiones internas: algunos skins queer rechazan la versión fetish por superficial, algunos fetishistas no tienen vínculo con el ska, Oi! o la política skin.
Los elementos estéticos definitorios de los skins: cabeza rapada o muy corta, Dr. Martens o botas altas de trabajo con punta de acero, tirantes, vaqueros Levi’s rectos o remangados, bombers (especialmente de la marca Alpha industries), camisas de cuadros y polos Ben Sherman y Fred Perry, y calcetines visibles, son reinterpretados en la escena fetichista: botas más altas y brillantes, vaqueros más ajustados o cortos, tirantes más contrastados, camisas y polos más apretados, y calcetines que salen por encima de las botas. Una vez más, los signos se reinterpretan, se convierten en código y pasan a convertirse en identidad.

i.leather
Puppies
El apropiacionismo de adopción masiva más reciente nos llega de manos de puppies, cachorros o perritos, como prefiramos llamarlos. Realmente no es un fetiche que nace de la apropiación, sino que surge como una escisión de la cultura leather y las dinámicas BDSM. Sus adeptos, principalmente gente muy joven, más conscientes de la importancia de la salud mental, han creado nuevos espacios donde los cuidados, los afectos y el juego se priorizan por encima de los rangos y las prácticas más duras. Para algunos se conserva la jerarquía erótica, pero muchos otros lo viven como hobby social.
Una de las motivaciones más citadas en estudios psicológicos y testimonios de este colectivo, es entrar en un estado mental distinto, llamado puppy headspace, en el que dejan atrás estrés o reducen la ansiedad social. En muchos casos se describe como una forma de regresión lúdica que además no siempre es sexual.
Los estudios académicos sitúan sus raíces en mediados/finales del siglo XX, aunque su popularidad crece sobre todo en los 2010, gracias a la explosión de la extimidad online en redes sociales como Instagram o TikTok. Visualmente es un estilo muy “instagrameable” gracias a que es un fetiche más colorido, juguetón y menos intimidante que el leather o rubber clásico. También influyó el comienzo de la aparición de puppies en Orgullos, y la proliferación de concursos de Mr. Puppy, tanto locales como internacionales. Se suma que es un tipo de equipamiento cómodo —los materiales más comunes son la licra y el neopreno, ligeros y flexibles, y se utiliza calzado de deporte—, que favorece la privacidad —el principal accesorio, muchas veces el único, es la mascara de perro—, y accesible comercialmente —el equipamiento suele ser mínimo y de materiales económicos—.
Sin embargo sí que hay una apropiación. El perro reúne significados muy útiles para el fetish, como la lealtad, la obediencia, el entrenamiento o la domesticación. Convertirse en perro permite jugar tanto con sumisión como con cariño. Además, los elementos estéticos vienen de este mundo: máscaras de perro, arneses, collares y correas, manoplas que simulan pezuñas, colas —a veces insertadas en el ano, otras veces atadas a la cintura—, o chapas en el cuello. También se utilizan juguetes caninos y pelotas, así como cuencos para comer. Todo esto redunda en una deshumanización —que ya comenzó con la goma — y un anonimato, seguridad y libertad performativa que algunos estudios señalan que mejoran la autoestima y la relación con el cuerpo.

zonda
Nuevos fetiches
La cultura fetichista gay, además de invertir símbolos de poder, convierte cualquier sistema funcional —trabajo, disciplina, protección o servicio— en lenguaje erótico. Si bien los comentados anteriormente son los fetichismos más comunes —dejando de lado otros que ya han pasado a la vida cotidiana, como la ropa funcional de motero, deportiva o militar— podemos hablar de otros menos seguidos, pero que cada día cobran más importancia, como por ejemplo, sin pretender ser exhaustivo:
Ropa de trabajo: donde se produce la erotización del obrero en lugar de la del héroe. Se huye de la masculinidad glamurizada en favor de la masculinidad funcional, y la ropa pensada para seguridad se convierte en signo sexual.

londonleatherdad
Biohazard: en la que la ropa de protección y aislamiento se erotiza, buscando un anonimato total y una estética posthumana.
Prisión / carcelario / secuestro: uno de los ejemplos más claros de transformación de la opresión en deseo. El juego consensuado del castigo, la pérdida de libertad y la vulnerabilidad se convierten en una fantasía controlada.
Religión: añade una dimensión simbólica y cultural profunda. La represión sexual histórica, la culpa y la autoridad moral se convierten en juego erótico.
Médico: aquí el poder no es moral ni físico, sino biopolítico —a través del control del cuerpo—. Se erotiza la autoridad técnica y el tratamiento del cuerpo como objeto.
Corporate alpha: en la que se erotizan el poder económico, la autoridad no física y la dominación simbólica moderna a través de los trajes de negocio, corbatas y calcetines de ejecutivo.
Infantilización controlada (ABD / school / scout): desde bebés y toda su parafernalia —pañales, chupetes, gorritos— a la infancia institucional —colegio, scouts, uniformes juveniles—. Se erotiza la regresión, la jerarquía adulto/menor (ojo: siempre entre adultos), o la inocencia transformada.
Superhéroes: aquí era fácil, porque ya van con monos de licra bastante homoreóricos en los cómics originales, así que era cuestión de tiempo que los fetichistas lo adoptaran.
Urban queer: mezcla de niñato pandillero con ropa militar, skin y otras tribus urbanas ultramasculinas con toques queer. El artista que mejor lo representa es Andy Warlord.
Además de algunos más, en los últimos tiempos vemos una tendencia al eclecticismo y la hibridación. Nuevas técnicas de fabricación y de estampación, así como una menor rigidez en los estilos, nos permiten ver cuero que parece ropa de leñador, uniformes de goma, máscaras de perro de camuflaje, skins queer con largas uñas negras o moteros con máscaras de perro o de gas, así como el uso de diferentes materiales al mismo tiempo. Cualquier combinación es posible.

suiteddaily
Si cuando se habla de fetichismo en general se habla del aprecio a los objetos, cuando hablamos de fetichismos apropiacionistas hablamos de significados compartidos. Los objetos dejan de tener un significado único y son reescritos por las diferentes comunidades. El deseo, como sistema de signos, hace que la identidad se construya cuando lees a otros y eres leído con el mismo código.
El apropiacionismo inverso nos habla de la subversión de poder. Ningún símbolo es inmutable, todo significado puede ser reescrito. Lo que nos controla lo usamos para jugar. Lo que nos oprime lo resignificamos. Lo que impone orden lo transformamos en deseo. Y esto incluye la reformulación del propio cuerpo.
El mainstream vive en bucle desde hace varios años, alimentándose de revivals y reinterpretaciones vacías. El filósofo Felipe de Brigard nos dice que la nostalgia no es recuerdo, sino simulación mental. El escritor John Koening va más allá y acuñó el término anemoia para designar la nostalgia de aquello que no has vivido. Ante este panorama, parece que solo la disidencia es capaz de encontrar nuevas formas de expresarse.
Quería dar las gracias especialmente a todos los que me han cedido imágenes para ilustrar el escrito: i.leather, londonleatherdad, papayapup_0720, suiteddaily, zonda.