...

Últimas entradas

Contacta con nosotros

Síguenos en las redes

ASALTO

A Rebecca siempre le gustó Pulp Fiction, sin duda la obra maestra de Quentin Tarantino, le encantaba esa película, no se cansaba de verla, todos los actores eran de primera, la trama era fantástica, los diálogos llenos de significado y de filosofía (esas conversaciones entre Samuel L. Jackson y John Travolta, ¿cómo olvidarlas?) pero, sin duda, su escena favorita era aquella en la que Bruce Willis acababa junto con Ving Rhames en aquella tienda después de intentar matarse mutuamente, en ese momento los acontecimientos pegan un giro inesperado y ambos quedan a merced del extraño dependiente del establecimiento que hace una llamada de teléfono y dice: “la araña ha cazado un par de moscas”. Después Bruce Willis y Ving Rhames acaban prisioneros en la trastienda, atados y amordazados, aguardando para ser violados y abusados sexualmente. Rebecca no lo podía solucionar, aquella escena la ponía muy caliente, despertaba en ella un sentimiento desconocido, el deseo inconfesable de hacerla realidad.

Muchas noches se masturbaba viendo esa escena, repitiéndola una y otra vez, imaginando que ella era la dependiente de aquella tienda, fantaseando que aquellos dos hombres estaban a su merced y repitiendo en voz alta la frase: “la araña ha cazado un par de moscas” mientras se acariciaba sin cesar, aquello la ponía muy cachonda, imaginarse en esa situación, teniendo en la palma de la mano la vida de aquellos dos, teniendo el poder de hacer con ellos lo que quisiese.

La realidad, en cambio, era mucho más aburrida y bastante menos excitante que en las películas. Rebecca era la dueña de una peluquería en los suburbios de una gran ciudad, y se pasaba los días arreglando el pelo a las marujas del barrio y a las ancianas que se pasaban la tarde entera en el secador a falta de nada mejor que hacer. ¿Quién iba a pensar que después de haberse dejado la piel estudiando una carrera en la facultad acabaría trabajando de peluquera en ese barrio lleno de octogenarios? La vida en la peluquería era monótona y para nada interesante, las marujas hablaban sin parar de cotilleos y Rebecca se limitaba a contestar con monosílabos, ni siquiera se molestaba en prestar atención, les dejaba que hablaran con la pared, no le interesaba lo más mínimo. Ni siquiera se ganaba un dinero decente con ese negocio, si lo estaba llevando para adelante era solo porque su madre le había pedido de rodillas que lo hiciera, ya que se había roto una pierna y estaría incapacitada para trabajar durante meses. Uno de los escasos momentos de felicidad que tenía Rebecca era cuando llegaba el momento de cerrar y echar a las marujas del local.

Una de esas noches cualquiera estaba echando el cierre, acababa de despedir a las marías con viento fresco y estaba haciendo caja, como
siempre la recaudación no era ni mucho menos nada del otro mundo. En ese momento Rebecca escuchó que alguien abría la puerta y entraba en la peluquería, la campanita que anunciaba a los clientes que entraban sonó con un leve tintineo y escuchó unos pasos a su espalda.

—Lo siento, acabamos de cerrar —dijo. Se volvió y en ese momento sintió que el corazón le daba un vuelco. Frente a ella un hombre encapuchado que vestía ropas oscuras y que ocultaba su rostro con un pañuelo la amenazaba con una navaja.

—¡Dame todo el dinero!

Rebecca levantó las manos, fijando su mirada en el arma que portaba el asaltante.

—Vale… tranquilo. Ahora mismo te lo doy.

El ladrón agitó el filo de la navaja hacia la caja registradora que estaba sobre el mostrador.

—¡Vamos, rápido!

Rebecca fue hasta la caja y la abrió. En ese momento se acordó de una cosa.

—Tengo el dinero en un cajón del mostrador, acabo de hacer caja. Voy a cogerlo, ¿de acuerdo?

El ladrón comenzaba a impacientarse.

—¡De acuerdo, pero date prisa, joder!

Rebecca fue tras el mostrador y abrió uno de los cajones, el ladrón no podía ver que sacaba de allí, pero ella le enseñó el dinero y él le hizo un gesto para que se acercara.

—¡Dámelo! ¡y no hagas ninguna tontería o te rajo!

Rebecca se rio por lo bajo.

Cielo, no merece la pena hacerse el héroe por tan poca pasta. No te preocupes.

El ladrón extendió la mano que tenía libre para coger el dinero, Rebecca se acercó a él y se lo entregó, pero, de repente, le cogió la muñeca con fuerza y sacando su otra mano del bolsillo de sus vaqueros, le enchufó un taser a toda potencia en el brazo. El ladrón chilló, se contorsionó y cayó al suelo, donde siguió revolviéndose a causa de la potente descarga eléctrica aturdidora. La navaja había caído al suelo, junto a él, Rebecca la apartó de él con el pie, no se podía creer lo que acababa de hacer, el corazón le latía a mil por hora. El ladrón estaba inconsciente en el suelo de la peluquería y ver aquello hizo que Rebecca se acordara de su escena favorita de Pulp Fiction, esa extraña excitación se apoderó de nuevo de ella, pero ahora era diferente, era mil veces mejor. Se apresuró a candar la puerta del local y a bajar las persianas del escaparate, entonces se volvió de nuevo hacia el ladrón inconsciente, que estaba tumbado en el suelo de la peluquería, aun
revolviéndose por los espasmos musculares que le había producido la fuerte descarga eléctrica.

—Vaya, vaya. Parece que la araña ha cazado a una mosca indiscreta.

Rebecca pudo notar como una sonrisa sádica se dibujaba en su rostro.

Antes de llamar a la policía para que se lo llevaran pensaba darle a ese sucio ladrón su merecido castigo.

La mente de Rebecca funcionaba a mil revoluciones por minuto, lo primero será incapacitarlo y con el cable de un rizador lo ato de manos, el ladronzuelo estaba sobre la alfombra de la peluquería así que se le hizo fácil transportarlo, recordó que mañana era su día libre por lo que tal vez podría entretenerse un tiempito más, tiro de la alfombra con todas sus fuerzas para llevarlo a la bodega donde guardaban los productos de la tienda, debía darse prisa pues el hombre podría despertar en cualquier  momento.

La bodega era húmeda y oscura, con paredes de ladrillo cubiertas de cajas y sillas de la antigua decoración del salón, ato las manos del ladrón a una barra de lo que parecía una tubería, el hombre empezaba a removerse queriendo despertar. Rebecca levanto su capucha para ver su rostro, era un apuesto moreno con el pelo muy corto y un cabello azabache, Rebecca estaba de suerte. El hombre tenía una de sus orejas perforadas dándole un aire de chico malo. De pronto abrió sus ojos, eran abismos profundos de ira y estaban frente a frente con Rebecca

—¡Qué haces maldita loca!

Rebecca puso todo su peso sobre las piernas del perpetrador, fijando su mirada en el asaltante.

—¿Qué pasa? ¡Tienes miedo ahora que soy yo la que lleva el mando!

El ladrón apartó la mirada para ver donde se encontraba, al no reconocer el lugar, la confusión en su rostro era invaluable, hacía sentir a Rebecca poderosa.

— Creo que viste una chica sola, pensaste que estaba indefensa y podías tomar ventaja de ello. Pero mientras más pronto comprendas tu
nueva situación mejor.

El chico supo que era real al sentir el filo de su propia navaja en la barbilla, no sabía cómo su noche se había torcido tanto, sabía que robar
estaba mal, pero estaba famélico, su madre acaba de morir y era lo único que tenía, quería un dinerillo para comer. Rebecca estaba pletórica exploraba esos firmes músculos, había pasado mucho tiempo desde que tuviera una pareja y sus amigas se burlaban de ella, pero el celibato acabaría hoy mismo.

—¡Voy a desnudarte, si tratas de patearme te corto tu miembro! ¿Entiendes?

El ladrón no hizo ningún ademán para resistirse, sorprendiendo a Rebecca que deslizaba los vaqueros desgastados de aquel chico, era un excelente ejemplar, su cuerpo era esbelto pero muy bien trabajado. Sus pensamientos tomaban un rumbo muy peligroso.

El chico estaba asustado y mucho, esta aun si parece una situación soñada por muchos, le parecía un castigo injusto por su delito, la loca lo miraba como si fuera a devorarlo. No servía para nada, como le había dicho su padre, pues iba a ser el quien saliera perjudicado, pero no lo demostraría.

—¡Que sepas que no disfrutare nada estar contigo!

El grito tomo a Rebecca por sorpresa. Jamás había sentido tanto deseo en su vida, pero esto solo sirvió para excitarla aún más. Con la navaja rasgo la ropa interior del chico y aunque su miembro no era nada impresionante, eso estaba bien para Rebecca. Le susurró al oído:

—¿A ti quién coño te ha dicho que lo que voy a hacerte es para que lo disfrutes tú?

Él parecía resignado y Rebecca colocó la navaja a un lado, comenzó a tocar el pene del ladrón, con un ritmo lento pero constante, el chico no la miraba, pero entre sus manos ella pudo sentir su erección crecer y deslizaba las manos por sus muslos y el chico apretaba los labios para contener su respiración irregular. Rebecca nunca había tomado la iniciativa pero se le daba muy bien. Quería seguir acariciando a ese hombre y el calor que invadía su pecho ahora llegaba directo a sus bragas, que se humedecían más y más. Deseaba poseerlo ahí en ese mismo instante, se levantó dejando al chico desconcertado pero dándole un respiro, cuando ella se desprendió de sus ropas, él la miró con curiosidad. Y cuando ella se sentó a horcajadas empalándose en su pene hasta la raíz toda su cara se contrajo en un gesto extraño, mezcla de pánico y placer y eso le dio tanto gusto a Rebecca, su cuerpo se estremecía y le deslizó la lengua por el cuello. Al tiempo que retiraba un poco la cadera, para luego hundirse con más fuerza, estuvo en ese vaivén rítmico lo que le pareció una eternidad, sentía el orgasmo llegando en cualquier momento y se arqueo para llegar aún más profundo.

Llegar al clímax no fue difícil y cuando creía que no podía resistirlo más su orgasmos estallo, llevando el placer a miles de terminaciones nerviosas. Se tomó un minuto para saborear ese momento triunfal y la sacó de su ensueño el estremecimiento del chico, que luchaba por llegar al clímax por su propia cuenta, pues aún estaban conectados por sus sexos.

Para el chico esto es un suplicio, sus muñecas atadas ejercen presión sobre sus hombros al estar siempre tensos hacia arriba, no sabe si su articulación se dislocará en cualquier momento, pero su ego de hombre porque una mujer se ha corrido sobre él casi compensa el dolor, casi. Solamente que en este momento ella se ha detenido y al ver en el rostro de la chica dibujarse una sonrisa el piensa que el disfrute es mutuo, intenta moverse para él mismo correrse y acabar de una vez, no se siente violado, en realidad lo ha pasado genial, excepto por la tensión en los brazos y porque desea tocarla, ese pensamiento lo inquieta un poco. Sin embargo lo que venía no lo esperaba.

—¡Por el delito de tratar de venirte sin permiso, serás castigado con 20 azotes!

—¡No hablarás en serio!

Responde el chico incrédulo, y el bofetón que recibe es tan fuerte que lo aturde por un momento, la chica ahora está de pie frente a él, busca entre unos trastos viejos y localiza una varita, parece una vieja antena de radio, la blande como probándola y hace un sonido al cortar el aire, el chico está ahora realmente asustado, su erección se marchita y da paso a un sudor frío debido al temor que recorre su cuerpo, su padre solía pegarle y por eso él y su madre habían huido de casa, viejas cicatrices afloran.

Los segundos se alargan angustiosamente y el adormecimiento de las manos es ahora insoportable. Llega el primer azote y produce una sensación punzante y se propaga por la piel como una quemadura, su cuerpo se estremece y sus manos se aferran a las ataduras. La chica es toda una visión, totalmente desnuda y a pesar de eso luce glamurosa, su voz es firme y cuenta en voz alta uno a uno los golpes que da, el chico replica pero cada vez el dolor va quebrando su voz, la chica parece complacida al verlo desgastarse física y emocionalmente. Después de los 20 azotes, la chica hace una pausa, se acerca a inspeccionar las marcas y ahí donde los golpes se interpusieron unos sobre otros la piel está abierta.

El ladrón apenas puede respirar, le resulta gracioso como este podría parecer el sueño de todo hombre y en otras circunstancias tal vez lo disfrutaría pero lo que hace que este sueño sea una pesadilla, es la incertidumbre; todos podemos jugar rudo porque sabemos que cuando el daño sea real, el juego acabará pero el miedo a no saber qué será de ti anula todo lo demás. Así que cuando la chica lo toma del cuello y le advierte que si se desmaya el suplicio comenzará de cero, solo se le ocurre suplicar compasión, pero los azotes continúan y con cada uno su fuerza lo abandona.

Rebecca está pletórica, la invade el éxtasis de provocar dolor, la sensación de poder le da el placer de mil orgasmos, camina lento y sabe que esto prolonga el tormento del ladronzuelo, lo toma del cabello con fuerza y le dice:

—¡Quieres más! ¡Pensabas hacerme lo mismo, eres un animal! — Le escupe en la cara.

—Me das asco!

Rebecca retuerce los pezones del chico pero no de manera juguetona sino a todo lo que da la carne, apoya la rodilla sobre el abdomen del chico sacando el poco aire que le queda. Le acerca la boca al oído para susurrarle:

—¡No olvides que tengo el poder de entregarte a la policía, darte la libertad o matarte a golpes! ¡Contesta bestia! ¿Quieres más?

Rebecca realmente no le da tiempo de contestar y es que realmente no le importa la respuesta, sólo quiere mortificar a ese chico. Después de varias horas de tormento el ladronzuelo fue liberado, una vez que Rebecca se cansó de él y comenzó a aburrirse, el chico quedó completamente entumecido, lleno de marcas de arañazos, azotes y mordiscos. Los agentes de policía que vinieron a por él una vez que Rebecca decidió entregarlo a las autoridades consideraron estas evidencias de violencia física como una clara prueba de que Rebecca había luchado con su atacante y lo había conseguido reducir de este modo. Rebecca vistió al chico de nuevo lo mejor que pudo para que la policía se lo pudiera llevar, al final, una vez que se le pasó el calentón y el subidón de adrenalina que había hecho surgir su veta sádica pensó que en verdad el pobre chico le daba lástima, sin duda la vida le había maltratado al igual que ella lo había hecho hacía tan solo unos instantes, nadie elige ser un ladrón por gusto, y estaba segura que al intentar atracarle el chico en verdad solo había querido asustarla, pero en ningún caso hacerle daño.

Después de reflexionar sobre ello decidió que no antepondría denuncia alguna contra el muchacho, había tenido ya su castigo, para ella había sido suficiente. El muchacho no dijo ni una sola palabra desde que lo liberó, ni siquiera le dirigió la mirada, tan solo siguió a los agentes que lo detuvieron con la cabeza gacha, estaba visiblemente afectado por lo que había pasado, avergonzado y arrepentido.

Pasaron algunas semanas y el muchacho, en vista de que nadie interpuso denuncia alguna contra él, fue puesto en libertad condicional mientras se preparaba su juicio. El chico no pudo evitar pasar por la peluquería, aquel lugar donde esa mujer a la que había intentado robar había terminado por ser su violadora, pero, por algún motivo, a pesar de la traumática experiencia, algo lo había vuelto a atraer allí, un sentimiento extraño y desconocido, un sentimiento que descubrió por primera vez cuando yacía atado e indefenso a merced de esa mujer, un sentimiento que ninguna otra mujer hasta ahora le había hecho experimentar. El chico tragó saliva y entró a la peluquería, ya era tarde y no había clientes, solo estaba ella, igual que la última vez.

—Lo siento, ya vamos a cerrar — dijo Rebecca, que estaba de espaldas a la puerta.

El chico no se atrevió a decir nada, solo se quedó clavado donde estaba, sin saber que decir o hacer, su corazón comenzó a latir muy rápido, su garganta se secó de golpe y un calor sofocante invadió todo su cuerpo, subiéndole al rostro los colores. Rebecca se volvió y miró al chico con indiferencia.

—Oh, eres tú— Le volvió a dar la espalda, estaba barriendo el suelo— ¿Qué quieres?

El chico no sabía como expresar lo que sentía.

—Esto… yo solo… quería venir a disculparme. Se que lo que hice estuvo mal, y quiero agradecerle mucho que no me haya denunciado. Yo… se que nada de lo que diga va a ser suficiente para ganarme su perdón… pero… de verdad quiero compensarle.

Rebecca se volvió de nuevo.

—¿De verdad? ¿Y como vas a compensarme exactamente?

El chico se ruborizó de golpe hasta las orejas, instintivamente evitó el contacto visual con ella.

—Yo… esto… esto…

Rebecca dejó el cepillo apoyado en la pared y puso los brazos en jarras, mirando al chico con severidad mientras esbozaba una leve sonrisa sádica, era divertido ver a ese muchacho humillándose de ese modo.

—Deja de balbucear y habla de una vez, no me hagas perder mi valioso tiempo—dijo ella con rotundidad. El muchacho hizo de tripas corazón y volvió a hablar.

—¡Por favor, imploro su perdón!

El chico se arrodilló en el suelo frente a ella e hizo que su frente tocara el suelo en una profunda reverencia. Rebecca no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, sus ojos se iluminaron, estaba gratamente sorprendida.

—¡Le ruego que me perdone, haré lo que sea!

Rebecca se acercó al chico, este, al sentir que ella caminaba hacia él quiso levantar la cabeza, pero ella pisó su cráneo con firmeza y le obligó a mantener su frente pegada al suelo, el chico emitió un quejido.

—¡Cerdo, en verdad regresaste porque te gustó!

El chico comenzó a llorar, se sentía tan humillado, de seguro ella se burlaría de él y después lo rechazaría, no podría aguantar aquello. Sintió que el pie de ella se retiraba de su cabeza, después una mano le tomo por su pelo y tiró de él, obligándole a levantar la mirada, el tirón de pelo le dolió, pero se olvido de ello pronto al ver que Rebecca estaba frente a él, en cuclillas, mirándole a los ojos con una expresión de satisfacción y perversión suprema en el rostro.

—¿Quieres mi perdón?

El chico asintió levemente, las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Entonces acepta ser mi esclavo, y tendremos mucha más diversión a partir de ahora en mi sótano.

Autores: Witchy y Master Spintria

Ilustración:  psyclopathe

Publicar un comentario

Acceder

Registro

Restablecer la contraseña

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico y recibirás por correo electrónico un enlace para crear una nueva contraseña.