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SECUESTRADO Y TORTURADO

Estaba disfrutando de un agradable paseo al atardecer, sabiendo que podía relajarme porque tenía hechas todas las tareas del día y podía permitirme un buen rato de libertad, saliendo a que me diese el aire después de haber estado enclaustrado en casa haciendo las tareas domésticas y realizando las interminables prácticas de las asignaturas de la Universidad. Dentro del piso que compartía con otros tres chicos no había forma de desconectar, era una olla de grillos, asique siempre tenía costumbre de salir a dar un paseo tan pronto como estaba libre de obligaciones.

Caminaba con paso jovial por una calle desierta a la luz del ocaso mientras me llenaba los pulmones de aire fresco y pensaba en mis cosas cuando, de repente, escuché un estridente chirrido de frenos cerca de mi. Una furgoneta se para justo a mi lado, y de la puerta corredera salió alguien que me tiró hacia adentro del vehículo rápidamente, sin darme tiempo a reaccionar. Una vez dentro, se cerró la puerta y la furgoneta salió a toda velocidad de allí conmigo dentro. Las ventanas en la parte trasera estaban tintadas, era imposible que desde fuera alguien pudiera ver lo que pasaba adentro. La persona que me había metido a la fuerza dentro del vehículo me sujetaba con fuerza un trapo contra la cara. De repente, comienzo a perder fuerzas, pero sin quedarme inconsciente del todo, un extraño sopor me invadía lentamente, haciéndome sentir como en una nube. Pronto dejé de forcejear y mis brazos cayeron inertes contra el suelo de la furgoneta mientras esta se bamboleaba de un lado a otro con las curvas y de arriba a abajo con los baches de la carretera. Mi cuerpo se sentía débil, pero era consciente de lo que me hacían. Me estaban quitando los pantalones, la camiseta, los calcetines, prácticamente toda la ropa, para después ir poniéndome un boxer ajustadísimo de cuero con una cremallera en medio y un cinturón que cerraron con un candado. Tras eso, me tumbaron de lado, y empezaron a ponerme un arnés muy ajustado sobre el torso, que llegaba hasta las rodillas, asegurándose de que todas las hebillas quedaran bien apretadas en todas y cada una de las zonas. En la entrepierna, las cintas que atravesaban mis ingles apretaban la zona haciendo que la protuberancia donde se encontraba mi pene y los testículos pareciera más grande. Intento gritar para
tratar de pedir ayuda, pero entonces esa persona me pone en la boca un objeto contundente, con forma de falo y con un sabor extraño, como a pescado rancio, que me cubrió toda la boca por dentro, apretando la lengua hacia abajo, cuando intento empujarlo afuera, me doy cuenta de que lo tengo agarrado con un arnés a la cabeza, que a su vez está siendo apretado por mi secuestrador para que no pueda quitármelo ni con el movimiento más brusco, ese objeto fálico quedó atascado en mi boca y podía sentir como me obligaba a abrir al máximo mis mandíbulas y me llegaba hasta la campanilla, produciéndome ganas de vomitar por la asfixia y el asqueroso sabor que tenía, estaba impregnado por un líquido espeso y repugnante que me impregnaba todo el paladar, pero hice un esfuerzo sobrehumano para aguantar el vómito, ya que con mi boca completamente obstruida solo podría salirme por la nariz y de seguro me ahogaría en mis propios fluidos. Escucho a mi secuestrador hablar:

—¿Te gusta tener tu boca llena con eso? ha estado varios días en remojo dentro de un vaso donde hemos depositado nuestras corridas de toda una semana.

Cuando, conmocionado por esa repulsiva revelación, volví a forcejear y a hacer intentos desesperados por escupir la mordaza me dí cuenta de que ese arnés de mi cabeza venía con un collar que me retorcía el cuello si intentaba estirar la cabeza hacia adelante o hacia atrás, y escuché entonces el sonido de otro candado que se cerraba por detrás del collar. Entonces, es cuando me tumbaron boca abajo, y me cubrieron las manos, cerrándome los puños, con unas bolsas, y empiezan a atármelas por las muñecas con cinta, así como a unirme los brazos con la parte del arnés del torso que aún no habían ajustado. Ya solo me quedaban las piernas libres, pero estaba tan débil que apenas las notaba. Mi secuestrador me puso entonces un antifaz sobre los ojos, y me acomodó en un rincón de la furgoneta mientras ésta aún se movía, ya con un ritmo menos acelerado.

Lentamente empecé a quedarme dormido, la debilidad era cada vez mayor y no era siquiera consciente de qué me había pasado, y de que llevaba menos de cinco minutos ahí dentro. Caí dormido.

Desperté sin saber donde estaba, privado por completo de mis sentidos por una máscara de látex bajo la cual permanecía el antifaz tapándome los ojos, pero sentía también que mientras estaba inconsciente me habían puesto unos tapones en las orejas que me impedían oír nada. Mi boca continuaba trabada con aquella mordaza fálica y mis brazos seguían atados juntos a mi espalda por el arnés de cuero, pero este había sido anclado a una especie de polea y me mantenía de pie a la fuerza, a pesar de que mis piernas colgaban con las puntas de los pies tocando el suelo. Mis piernas estaban atrapadas en una gruesa picota de madera por los tobillos, cerrada por potentes argollas y candados de hierro, su peso tiraba de mi hacia el suelo y me era imposible levantarla. Salvo el calzón de castigo y el arnés de restricción que me habían puesto en la furgoneta estaba completamente desnudo, sentía mi sexo muy dolorosamente oprimido.

Cuando recuperé por completo el conocimiento y noté nítidamente las ataduras que me inmovilizaban intenté forcejear para liberarme, pero fue en vano, lo más que pude hacer fue mover un poco las piernas, pero parecía que la picota también estaba engarzada con una cadena que la sujetaba a un grillete clavado en el suelo. Intenté mover los brazos para liberarlos un poco de la presión, pero era inútil, ya que los tenía tras la espalda en una posición donde apenas podía moverlos sin hacerme un daño atroz, si lo hacía sin sentido podría desencajarme los hombros y entonces si que estaría acabado.

Descartada la posibilidad de poder moverme o de luchar contra mis ataduras, invadido por el pánico y la ansiedad que me producía no ver ni oír nada, intenté emitir algún sonido a través de mi boca completamente atascada, un grito, un gemido, un jadeo, lo que fuera que sirviera para pedir ayuda a quién se percatara de mi presencia. Noté que mi cabeza se sentía como apretada por una cubierta con olor a plástico que la cubría por completo, dejando solo dos orificios para la nariz y otro para la boca. En mi intento de gritar tan solo fui capaz de emitir bufidos a través de la nariz y débiles gemidos guturales. Pronto me quedé sin aliento y tuve que parar, respirando con pesadez. Sentí como mi corazón se aceleraba por la adrenalina. Noté que mi miembro viril se había venido arriba, pero no terminaba de comprenderlo, ya que hacía apenas unos segundos que acababa de recobrar completamente el conocimiento. ¿Me habían hecho ingerir alguna droga afrodisíaca? No recordaba absolutamente nada tras haber perdido el conocimiento, y los recuerdos anteriores me resultaban
confusos, pero desde luego no me venía a la cabeza si en algún momento podían haberme dado viagra o cualquier otro tipo de sustancia.

El hecho es que estaba más duro que en toda mi vida, y mi pene exageradamente hinchado era sometido a tal presión por el calzoncillo de castigo que llevaba puesto que veía las estrellas de dolor.

Intenté gritar y forcejear de nuevo, pero era inútil, estaba bien sujeto, y apenas podía hacer más sonidos que unos simples gemidos ahogados. Era extraño… podía oír mis gemidos, porque provenían de mí y retumbaban dentro de mi cabeza, pero no conseguía oír más allá. Fue entonces cuando noté que tenía algo en los oídos que me restringía completamente el sentido del oído, seguramente unos tapones ajustables. Intenté menear la cabeza de un lado a otro, pero no sirvió, estaban muy bien puestos en su sitio, casi como si estuvieran hechos a la medida de mis orificios auditivos. No podía ver, no podía oír, ni gritar, ni tan siquiera moverme a duras penas, y lo único que recordaba era haber sido forzado a entrar en una furgoneta y poco más, después de eso todo quedaba en blanco, o, mejor dicho, en negro ¿Qué me estaban haciendo, y por qué?

En esa pose que estaba forzado a mantener, completamente restringido y privado de sensaciones, solo disponía del sentido del tacto y del olfato para ser consciente de lo que me rodeaba. Sentía frío, el lugar donde estaba prisionero era gélido y sentía sobre mi cuerpo desnudo corrientes de aire que hacían que se me pusiera la carne de gallina, temblaba a causa de esa gelidez, pero también de miedo, del temor de no saber donde estaba ni que me iba a pasar. El olor penetrante del látex empapado en sudor de la máscara que llevaba en la cabeza saturaba mi sentido del olfato con un olor a aditivos químicos, mezclado con una atmósfera cargada de polvo en suspensión y óxido. Mis pies descalzos sentían que estaban sobre un suelo de cemento sin alisar, piedritas de graba sobresalientes o sueltas se clavaban en mis plantas con un escozor molesto.

De repente sentí una presencia cerca de mí, no pude ver ni oír acercarse a esa persona, pero sabía que estaba allí, podía percibirla, detectar su olor, sentir su aliento cerca de mi piel erizada. Sin previo aviso mi cerebro privado de sentidos recibió el estímulo que con tanta desesperación reclamaba, el estímulo más efectivo para que uno pudiera asegurarse de que no estaba soñando: el dolor. Unas pinzas metálicas, unidas entre sí por una cadena, fueron colocadas en mis pezones, me tomó por sorpresa y los destrozó. Instintivamente grité de dolor a través de mi mordaza, esta vez si se escuchó mi alarido, que no terminó hasta que me quedé completamente sin aliento, me retorcí
moviendo las cadenas que sujetaban la picota donde estaban atrapados mis pies y balanceando la gruesa cadena que me mantenía colgado por el arnés de mis brazos. Aquella persona tomó la cadena que unía las pinzas de mis pezones entre sí y tiró de ella con fuerza, mis pezones se estiraron hasta límites insospechados, casi podría habérmelos arrancado. Grité, grité con un tono de sufrimiento desesperado, aterrorizado, sintiendo que iba a volver a desmayarme de puro dolor. Sin embargo, mi cuerpo se comportaba extraño, me ponía cada vez más duro, mi polla ya estaba totalmente fuera de si, y sentía que me iba a reventar dentro de ese calzoncillo de castigo. Sufría inhumanamente, “¡Matamé ya!, ¡¡¡Matamé ya, por piedad!!!” Me dolía tanto que no podía ni respirar, me ahogaba.

De repente todas mis fuerzas me abandonaron, igual que pasó en la furgoneta, y, poco a poco, perdí la consciencia hasta que me desmayé. No podría decir si estuve inconsciente segundos, minutos, horas o días, solo me volví a despertar cuando sentí que un líquido se derramaba en torrente por toda mi cabeza, golpeándome como una ola en la cara. Alguien me había echado un barreñón de agua encima para despejarme… pero… ¿era eso agua? El líquido se metió por mi nariz y un olor penetrante, alcalino y ácido me hizo espabilar de golpe, el líquido pasó de mis fosas nasales a mi paladar y pude saborear su gusto, un gusto extremadamente amargo y asqueroso, el sabor del orín. Nuevamente tuve que esforzarme al máximo para no vomitar y comencé a toser frenéticamente para expulsar de mis orificios ese desagradable fluido que sentía como me impregnaba de la cabeza a los pies para luego gotear al suelo. Me quitaron las pinzas de los pezones y el alivio fue tan grande que casi fue más doloroso  que llevarlas puestas, gruñí con fuerza, con un fuerte sonido gutural.  Entonces una mano agarró con fuerza mi sexo a través del calzoncillo de castigo y lo apretó con la fuerza de una prensa. Volví a gritar, ya no sentía mi pene, el dolor que un hombre podía sufrir allí no parecía tener límites. De repente supe lo que aquello significaba: me tenían secuestrado como un esclavo sexual, y solo Dios o el Diablo sabían que nuevos tormentos debería sufrir.

Tras unos segundos que me resultaron eternos mi secuestrador soltó su presa y pude volver a respirar de relativo alivio, pero mi pene no paraba de palpitar y de hacerse más y más grande con cada palpitación, hacía tiempo que había excedido la capacidad de aquel diminuto calzón, si no estuviera cerrado con un candado y fabricado en resistente cuero a estas alturas ya habría sido destrozado por la presión, pero, a este paso, lo que se destrozaría sería mi polla, explotaría dentro sin duda a ese paso. Entonces noto una nueva sensación, esta vez en mi pecho, una lengueta semirrigida de cuero acariciaba mi pecho en círculos alrededor de mis sensibles pezones, que aún me escocían por las pinzas ¡ZAS! De repente un fustazo golpeó mi pezón derecho, el dolor me aguijoneó sin piedad ¡ZAS! Esta vez en el pezón izquierdo, una nueva e insoportable punzada de dolor en mi torturado pezón ¡ZAS!, ¡ZAS!, ¡ZAS!, ¡ZAS!, ¡¡¡ZAS!!! Golpeaba alternativamente mis dos pezones, concentrándose solo en uno, descansando unos segundos para luego volver a arremeter con furia. Iba a desmayarme otra vez, un fustazo en mi cara dado con una fuerza increíble me despertó de golpe, mi mejilla bajo la máscara de látex se comenzó a hinchar, el sabor a sangre me inundó la boca, los dientes me temblaron. No me iba a permitir echarme a descansar. De la misma forma que empezó todo se volvió a detener, de golpe y sin previo aviso. Jamás en mi vida había estado tan aterrorizado, por debajo de la máscara de látex comencé a llorar, a gemir y moquear lastimeramente. No podía comprenderlo, ¿Por qué me hacían todas esas cosas horribles? ¿Por qué me odiaban tanto?, ¿De verdad iban a torturarme hasta la muerte en un océano de dolor sin fin?, “¡No!, ¡¡¡Nooo!!!, ¡Matadme!, ¡¡¡Matadme ya, por favor!!!, ¡¡¡No quiero sufrir más, no aguanto el dolor!!!, ¡¡¡MATADME DE UNA VEZ!!!” Ojalá pudiera hablar solo para suplicarle a mi secuestrador que pusiera fin a mi tormento, pero algo me decía que ni siquiera me iba a dar esa gracia aunque se lo pidiese de rodillas.

Noté como la tira de cuero de la fusta recorría mi pecho y torso discurriendo hacia la parte inferior de mi cuerpo, a mi entrepierna, sentí la tira semirrígida sobre mi sexo, que ya amenazaba con romper el duro cuero del calzón de castigo. Inmediatamente supe lo que iba a suceder a continuación. Un fustazo tremendamente fuerte azotó mi dolorido pene, el dolor que sentí no se podría describir con palabras, sentí como la polla literalmente me explotó dentro del calzón, el fustazo dirigido directamente contra mi falo dolorosamente aprisionado hizo que rasgara mis cuerdas bocales en un grito animal, agónico, mientras el orgasmo más doloroso de mi vida prendía en mi médula espinal y hacía saltar la carga de dinamita que tenía en la entrepierna, exploté, en sucesivas y agónicas contracciones, me retorcí como un epiléptico mientras experimentaba una corrida monstruosa que no tenía fin, que me sorbía el alma con cada lefazo que derramaba en el interior del calzón de cuero, inundándolo de espeso y blanco semen que se escurría por cada abertura de la ajustada prenda, resbalando por mis muslos. Noté como la nariz me estalló también de la tensión, escurriendo sangre por toda mi cara, haciéndome saborear el gusto metálico del plasma sanguíneo. “Me muero… me estoy muriendo…” pude alcanzar a dilucidar en mi aturdida mente mientras sentía como me asfixiaba, como mis fuerzas me abandonaban por enésima vez, como volvía a desmayarme, pero seguramente esta vez para no volver a despertar. Mi cuerpo, torturado por el dolor y el placer extremos mezclados en una orgía decadente de sensaciones contradictorias se sentía como ausente, lejano, podía sentir como que flotaba, que mi consciencia navegaba a la deriva en una especie de submundo, en otra dimensión donde conceptos como dolor, placer, tiempo y espacio carecen de significado.

Una nueva sensación me despertó de repente, sentí como mi secuestrador introducía unos dedos enguantados profundamente en mi culo. Con un sonido metálico una polea bajó la cadena que me sujetaba al techo y me hizo inclinar el cuerpo hacia delante, allí quedé completamente expuesto a los toques de mi captor, pudiendo ser consciente de como violaba mi cuerpo mientras gemía débilmente a través de mi mordaza, la posición en la que estaba, doblado hacia adelante y con las piernas separadas por la picota me impedía hacer nada al respecto, parecía que el calzón de castigo estaba abierto por detrás, facilitando el acceso a mi trasero desnudo a cualquiera que quisiera disponer de él. Notaba los guantes impregnados con alguna clase de lubricante que mi captor empujaba hasta las profundidades de mis intestinos, mientras sus dedos se movían en círculo abriéndose y cerrándose, masajeándome por dentro con lujuria. Los dedos iban más y más adentro.

Casi podía sentir que metía la mano entera. Yo tan solo me limité a yacer, sumiso, como un cacho de carne, renunciando a cualquier resistencia, que sabía que sería inútil, mientras aquel desalmado me tocaba mis lugares más íntimos, deseando que acabara pronto aquella humillación. Después de largo rato siendo penetrado así el sacó sus dedos y me dio un fuerte azote que me puso en tensión. Me retorcí e intenté gritar, se veía que eso a él le excitaba. Me dio otro mucho más fuerte. Y otro. Y otro. Cada uno más fuerte que el anterior hasta que los azotes cesaron de repente, para ser sustituidos por el tacto de algo duro y caliente que comenzó a apretar contra la entrada de mi ano, algo que empujó con una fuerza inusual y se introdujo de golpe en mi esfínter, que, dilatado como estaba a causa de los toques anteriores, casi no ofreció resistencia. Emití un profundo gemido de sorpresa y de dolor, los músculos de mi recto atraparon ese miembro carnoso que invadió mis tripas, apretándolo entre convulsiones nerviosas. Sentí el pubis de mi violador contra mi culo, en un solo movimiento me había introducido su pene hasta el fondo en toda su longitud, sentía como empujaba dentro de mi y como su falo duro y firme presionaba contra mi próstata, haciéndome sentir una sensación parecida a las ganas de orinar. Él me tomó de las caderas, realizó un movimiento hacia atrás y pude notar nítidamente como su verga realizaba todo el camino de vuelta a mi esfínter por dentro de mi intestino, lentamente, hasta que volví a sentir su pene casi fuera de nuevo, pero, en ese momento, y de una sola embestida, se volvió a clavar en mis tripas hasta el fondo con violencia, su falo golpeó mi próstata como un ariete y mis músculos rectales se contrajeron repentinamente, gemí con fuerza, casi gritando. Dolía, me dolía mucho… me iba a orinar allí mismo… estaba siendo violado por un hombre, un desconocido me estaba follando por el culo… pero, por algún motivo, mi cuerpo se sentía extraño. Con cada embestida de su falo contra mi próstata mi pene se ponía cada vez más duro, y mi trasero lleno con esa polla enorme y desbocada me hacía sentir un placer desconocido hasta ahora por mi. Mi violador comenzó un movimiento de vaivén cada vez más rápido, sin parar de sujetarme, bamboleándome hacia adelante y hacia atrás para sacar y meter su pene de mi interior, las envestidas eran cada vez más violentas y frenéticas, él se iba a correr en cualquier momento, lo podía sentir, y yo… yo estaba a punto de orinarme, ¡no podría aguantar mucho más! De repente las embestidas aumentaron su cadencia al máximo, el pene de ese hombre era un pistón a toda máquina dentro de mis entrañas, y, en una última y feroz embestida final que clavó su polla hasta mi alma sentí como él se vació con la fuerza de una manguera a presión, entre las potentes convulsiones de mi recto le descargué de toda su leche, que soltó en vigorosos chorros dentro de mi, podía sentir la calidez abrasadora de sus lefazos, que expulsaba hacia mis profundidades. No pude aguantar más y, a pesar de que estaba tan duro, me oriné encima, ese estímulo, unido al sentimiento de mi culo violado, hizo que me corriera mientras me meaba encima. A partir de ahí ya no pude aguantar más, me desmayé al perder las pocas fuerzas que me quedaban.

 

Autor: Master Spintria

Ilustración: san-noume aphro.

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