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PERFORMATIVIDAD EN EL FETICHISMO GAY

Folsom Europa acabó hace apenas unos días. Para quien no lo conozca, es la Feria y Fiestas fetichista gay más grande de Europa, es el Disneyland del fetish, y se celebra cada año a mediados de septiembre en Berlín. Aunque este año no he estado, he ido las suficientes veces, y he sido bombardeado en redes sociales con tantas imágenes, como para hacerme una buena idea de lo que ha pasado allí. Pero no quiero hablar de Folsom como evento, sino como escaparate. Más de 20.000 fetichistas gays juntos dan para entender muchas cosas.

 

Uniformes de policía y trajes de cuero, drones y otros atuendos de goma de todas las formas y colores, y perritos son, de lejos, los fetiches más abundantes. Otros también muy representados serían skins, militares y deportistas, además de múltiples fetiches minoritarios, como obreros de la construcción. En ese tipo de eventos y fiestas, independientemente de su tamaño, se produce una fantasía colectiva de uniformidad. El fetiche produce una suerte anonimato, despersonalización, y serialización del deseo, que sustituye a la persona, ya que (en gran medida) estas personas no son realmente policías, militares, skins, drones, o deportistas. Sus fetiches funcionan aquí como instituciones visuales. El fetichista deja de ser un individuo y se convierte en soldado, obrero, policía, motero, perro, amo, esclavo, preso, atleta, máquina sexual. El conjunto fetichista elimina la individualidad y produce arquetipos.

 

Pero el fetichista va más allá, porque el fetichista no imita al policía, al militar o al perro, sino a la idea pornificada de estos arquetipos. El leather fetish moderno no deriva de motociclistas reales, sino que imita más a una ilustración de Tom of Finland, una imagen de porno leather, una fotografía fetichista o una ilustración homoerótica, que a motoristas como los puedes encontrar por las carreteras. Como explica el sociólogo y filósofo francés Jean Baudrillar, es una simulación, la copia de una copia. Y esto aplica a cualquier otro arquetipo fetichista. Este simulacro se realiza a través de la repetición de signos como el vestuario, códigos corporales, gestos, voces, roles, posiciones, rituales, dinámicas de poder, protocolos sociales, o modos de mirar y ser mirado. Lo que nos lleva a lleva a la filósofa y teórica queer estadounidense Judith Butler (todo nos lleva a Judith Butler) cuando explica que vivimos en un teatro social en el que yo no “soy” algo esencialmente, sino que lo produzco mediante repetición de signos. El leather no “lleva cuero”, el militar no “lleva uniforme”, el perrito no “lleva máscara” Todos performan una subjetividad. La identidad, el deseo no está solo en el cuerpo, sino en la interpretación del personaje.

 

Hasta mediados del siglo XX muchos gays crecieron sin modelos masculinos queer positivos. Hasta ese momento los hombres homosexuales vivían simplemente escondidos y aislados. Hasta esas fechas no se hablaba de homosexualidad (y esta palabra aparece en contextos médicos) sino de sodomía. La comunidad leather surgió precisamente como reacción a la imagen histórica del gay afeminado. Tom of Finland ayudó mucho a crear esta nueva manera de performar la homosexualidad: héroes, arquetipos, figuras aspiracionales,… una masculinidad queer poderosa (y bastante racista). A través de estos dibujos, muchos hombres gays sintieron por primera vez que podían ser simultáneamente gays, masculinos, deseables, dominantes y vigorosos. Tanto el ilustrador como la creciente comunidad leather exageran, caricaturizan, hiperbolizan, teatralizan la masculinidad. La masculinidad deja de ser un atributo para convertirse en una masculinidad escénica.

 

 

¿Entonces es una crítica o es adoración de la masculinidad? Al ir evolucionando y añadiéndose nuevos fetiches, la mayoría, si no todos, son adoptados de los nuevos modelos de represión por parte del poder. Michael Foucault, filósofo e historiador de las ideas francés, plantea que a partir de la modernidad occidental aparece una forma de poder distinta de la soberanía tradicional. En lugar de limitarse a castigar una conducta después de que ocurra, el poder moderno busca vigilar, examinar, clasificar, corregir y normalizar los cuerpos. Y para ello crea las instituciones tal como las conocemos hoy en día: la cárcel, el hospital, la escuela, el cuartel, la fábrica. Todas ellas instituciones donde hay relaciones de poder, y en las que producen modelos de masculinidad, se clasifican cuerpos y sexualidades, establecen qué es un hombre “normal”, y producen cuerpos disciplinados. La cultura gay fetichista hace una reapropiación erótica de tecnologías simbólicas del poder, toma algunos de esos signos y los erotiza, los exagera, y los convierte en performance, tal como se reproduce en las prácticas fetichistas como el BDSM, aunque no solo en ellas.

 

Una parte importante de esta apropiación es que no se limita a imitarla, sino que la exagera. El fetish no reproduce necesariamente al policía, al soldado, al perrito o al obrero, produce una versión hiperbólica y sexualizada de ellos. Más allá de imitar los modelos masculinos, los exagera hasta volverlos irreales. El leather daddy no es un motorista real (igual no tiene ni moto). El military fetish no es un soldado real (probablemente sea pacifista). El skin fetish no busca la violencia real (no tiene por qué ser un tipo duro). Son simulacros hiperbólicos. Así pues, El fetish gay se puede llegar a considerar un “drag masculino”, o mejor aún, un Camp hipermasculino, solo que usando masculinidad en lugar de feminidad. Susan Sontag, escritora, ensayista y crítica estadounidense, define el Camp como artificio, exageración, estilización, teatralidad, exceso consciente. Y aunque normalmente el Camp se asocia a feminidad queer, el fetish leather también puede leerse como Camp: bigotes perfectos, botas brillantes, músculos imposibles, uniformes impecables, códigos rituales, poses teatrales. Es masculinidad tan exagerada que roza lo irreal. Aparece una dimensión casi operística.

 

Además del aspecto, es igual de importante cómo interpretamos esos roles. Erving Goffman, sociólogo canadiense, introdujo una de las metáforas más influyentes para comprender la interacción social, la idea de que las personas gestionan la impresión que causan en los demás como si interpretaran papeles sobre un escenario. El fetichismo no es solo lo que se lleva puesto, sino cómo y cómo te comportas cuando lo llevas puesto. Esto lleva a la identificación de una serie de elementos que definen esta teatralidad.

 

Mirada

Cómo queremos ser vistos va a definir cómo vestimos, nos comportamos, nos comunicamos. Hay performatividades que buscan ser admiradas: muscle, leather daddy, bodybuilder, alpha. Otras buscan intimidar: skin, dom, handler, sir. Otras desaparecer como sujeto: rubber, bondage, pup. Otras provocar ternura: puppy, boy, sub vulnerable. Cada fetiche tiene sus propios códigos y nos esforzamos mucho en cumplirlos para transmitir los mensajes de manera eficiente.

 

Activos y pasivos

 

En el mundo fetichista gay, activo/pasivo, dom/sub rara vez son solo prácticas sexuales. Todo se performa cuando queremos ser identificados: la postura corporal, forma de hablar, ritmo, mirada, ocupación del espacio, volumen de voz, vestimenta, actitud… . El dominante performa control aunque no lo tenga realmente. El sumiso performa entrega aunque controle toda la escena. El BDSM revela que el poder es negociado, no natural. Es más, se puede performar en público la rudeza, la violencia, la calma, el mimo, y después en la intimidad producirse un cambio o intercambio de roles.

 

 

Autoridad

 

Algunas performatividades producen amenaza, peligro, intimidación, autoridad, o agresión simulada. No solo quieren ser atractivas, quieren generar impacto psicológico. Skinheads, military, sir culture, prison play, handler/pup, biker, todos buscan la erotización de la autoridad, del riesgo, del castigo.

El teórico queer y profesor estadounidense de origen cubano José Esteban Muñoz defiende la idea de disidentificación, la estrategia mediante la cual las personas pertenecientes a grupos marginados no aceptan ni rechazan por completo las representaciones culturales dominantes, sino que las reinterpretan y transforman para crear nuevos significados. La cultura queer no solo imita símbolos dominantes, los reapropia y transforma.

 

Fetiche

 

El fetiche es comunicación más allá del cuerpo. El arnés, código de pañuelos, botas, ciertas marcas, tipo de gorra, colores, materiales,… Todo comunica nuestro rol, disponibilidad, fantasía, posición, y límites. El cuerpo se vuelve semiótico. Cada fetiche tiene su significado, y éste es conocido por la comunidad, que los reproduce y espera que tu lo hagas en los mismos términos.

Ser fetichista va mucho más allá de adorar una prenda o un material. Es producir una masculinidad amplificada, ritualizada, visible, autoconsciente, codificada, y performada para una audiencia. No nos limitamos a ser, sino a parecer a través de la representación. Y esta performance puede ser tan fascinante como contradictoria. Los uniformes leather pueden producir tanto una masculinidad subversiva como conservadora. La sumisión puede llevar a una liberación o reproducción del poder. Los uniformes sirven como crítica a la autoridad y fascinación por ella. El puppy play supone una regresión emocional a la vez que una nueva forma de intimidad. La goma nos hipersexualiza y deshumaniza. La clave es dejar de parecer natural.

 

Muchas gracias a bcn4lthr, los modelos de gear.gregj y armylovereu por cederme las fotos para este artículo.

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