PERFUME DE LIBROS
La biblioteca olía a papel antiguo y silencio. Entre las estanterías de roble, ella deslizaba un dedo enguantado sobre los lomos de los libros, sus tacones resonaban como advertencias.
A sus cuarenta y siete años, llevaba el poder como su traje de chaqueta ceñido: impecable, intimidante.
El becario (Daniel, 22 años, según la placa), se ajustó las gafas al verla aproximarse y tragó saliva. Su camisa demasiado holgada tembló con un respiro agitado. Algo vio en ella que su primera impresión, fue de querer obedecerla.
—Necesito ahora “La historia del fetichismo de Kunzle» —dijo ella, apoyando una mano en el estante junto a su cabeza. El espacio reducido obligaba a su aliento a mezclarse.
«L-lo buscaré en el s-sistema» balbuceó, ruborizándose hasta las orejas.
Clara, lentamente desenfundó su mano y atrapó con sus dedos largos, su corbata antes de que él pudiera huir. El tacto de la seda era frío, pero la piel bajo su nudillo, al rozar su cuello, ardía.
—Prefiero que me muestres dónde está… físicamente —dijo ella.
Él tragó saliva. Le señaló por dónde tenía que ir y la siguió entre los pasillos desiertos de la sección de antropología. Cada paso de ella era una coreografía de caderas lentas.
Cuando encontraron el libro, Clara lo tomó y lo sostuvo contra el pecho del joven, acorralándolo contra una vitrina.
—¿S-señora…? —su voz se quebró cuando ella le retiró las gafas con delicadeza, limpiándolo contra la seda de su blusa y que dejaba intuir unos pechos turgentes.
—Los tímidos son mis favoritos —susurró acercando sus labios a su oído sin tocarlo—. Tardan más en romper… pero cuando lo hacen… —Dejó la frase suspendida mientras deslizaba el libro en sus manos temblorosas.
Al retirarse, su perfume —de vainilla y algo prohibido— se aferró a él como una promesa, un deseo que aún no tenía forma en su existencia, pero que latía tanto, que hacía abultar su entrepierna. Y ella ya lo sabía, el magnetismo que emanaba de sus poros, la convertía en un ser de adoración.
Clara de forma deliberada dejo caer el guante que aún sostenía en su mano. Lo miró fijamente y no fue necesario decirle que lo recogiera. Él yacía postrado a sus pies.
—¡Así debe ser, criatura!, siempre bajo mis pies —y en ese momento su tacón aprisionaba, no solo su mano, sino que todo su ser.
Daniel se sentía abrumado, confuso. Nunca había sentido nada parecido por una mujer, deseaba fervientemente adorarla y ser su cachorro.
—Permítame, Señora, se lo suplico, limpiar sus tacones con mi lengua.
—¡Ahora no, criatura, busca el volumen 2 del libro que te pedí y se lo llevas a Mariona, la recepcionista! —le espetó ella con autoridad y se alejó por los pasillos desiertos de la biblioteca.
Daniel se quedó inmóvil, postrado aún, escuchando como se alejaba el sonido de los pasos de su Diosa.
Aunque el traje de Clara era ajustado, se movía con facilidad. Llegó hasta la recepción de la sala principal y se acercó a la chica.
Nada más verla llegar, se levantó de su silla y la saludó solemnemente.
—Buenos días, Señora Serrat —. Y sus mejillas se ruborizaron.
—¿Cómo estás, Mariona? —y sus ojos se clavaron ardientemente sobre ella.
—Con ganas de volver a verla, Señora. ¿Cómo fue su viaje?
—Ha sido muy agotador, muchas reuniones con inversores culturales y necesito un momento de desconexión —Clara mira a Mariona con malicia.
—¿Desea Señora, que prepare el despacho para que se pueda relajar?
—No hay nada que me gustaría más, criatura.
Mariona, no solo tenía encendidas las mejillas, también el calor había comenzado a bajar por todo su cuerpo.
—¿Ha conocido al becario, Señora?
—Sí, es un chico muy apachurrable —Ambas rieron con picardía.
—¿Quiere que lo prepare, a él también? —le preguntó Mariona.
—¿Por supuesto que si, ya sabes como me gusta catar a los becarios, o ya no te acuerdas, criatura? —Y Clara dibujo una media sonrisa irónica en su boca.
—Sí Señora, le diré ahora que se presente ante Ud. A sus pies, mi Señora —Y se alejó hacia las estanterías de roble donde se encontraba Daniel, colocando libros.
—Hola Daniel, ya veo que has conocido a nuestra Directora, la Señora Serrat.
—D-directora? —preguntó Daniel, tragando saliva.
—Ja ja ja, pues si Daniel, es Nuestra Directora y ha puesto los ojos (y seguramente algo más, pensó ella) en ti.
Daniel no sabía donde meterse, la mirada granuja de Mariona, lo ponía en evidencia.
—Yo s-sólo o-obedecí —dijo él con un tartamudeo muy adorable.
—Tranquilo, todo está bien. Ahora quiero que me acompañes a su despacho. Necesitamos prepararlo para su momento de relajación —dijo Mariona y le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera.
El despacho de Clara, era bastante moderno, los tonos claros predominaban y la decoración, bastante minimalista. Contrastaba muchísimo con el estilo de la biblioteca, en donde, el paso de los años, había dejado su marca.
Daniel al entrar, se sintió perturbado. Mariona coge de una caja color negro encima del escritorio, un antifaz y se lo pone a Daniel.
—A partir de ahora, no podrás mirar —le dijo suavemente Mariona, y él aceptó. Confiaba en ella.
Le coge la mano, aprieta un interruptor y abre una puerta que pasaba desapercibida en la habitación.
Lo guía hasta ese habitáculo que era todo fantasía. No era necesario ver para que su cuerpo se estremeciera ante los estímulos sensoriales.
Mariona lo sentó en una silla baja y amarró sus extremidades. Su respiración se agitaba cada vez más, y además se estaba acompasando con la respiración de Mariona. Ella era suave con él, pero firme.
Hubo silencio, o el tiempo se detuvo. No lo sabía con exactitud. Solo podía escuchar su respiración agitada y la de su compañera, que se mantenía a muy poca distancia de él.
Se escuchó el taconeo pausado de Clara al entrar en su despacho. Una conversación inteligible con alguna persona al teléfono, dejaba en evidencia que ya no quería seguir charlando y aprieta el interruptor.
Mariona dejó de respirar (o eso pensó él).
El habitáculo se llenó otra vez con el perfume de Clara, pero ahora era mucho más intenso.
Suelta el teléfono que aún tenía en la mano y observa a sus criaturas.
Vio que Daniel estaba solamente amordazado y Mariona completamente desnuda de rodillas y con las palmas de la mano, apoyadas en sus piernas.
—Ya sabes que me gusta que me tengas preparada a la criatura, Mariona- se acerca a ella y de forma violentamente sexy, le coge de la coleta con una mano y con la otra, la barbilla y le escupe dentro de la boca. Mariona gime y exhala.
—Lo siento, Señora —le dice con timidez, Mariona.
—No lo sientes para nada, perra —le responde con una voz intensa y profunda.
—Hace ya tiempo que no me obedeces como corresponde- prosiguió Clara. Ya sabes lo que te toca ahora.
Del armario coge el látigo corto con punta de cola de caballo. Era el preferido de Mariona.
Se lo ofrece a su Ama y se dirige en cuatro patas, hacia la cruz de San Andrés.
—Antes de amarrarte y castigarte, quiero que me desvistas, perra —le señaló Clara.
—Si, señora —y se acercó a ella.
Lentamente, Mariona le quita el traje ajustado a Clara y deja al descubierto su lencería de encaje negro preferida.
—¡¡Oh, Señora, que bella es usted!! —con la respiración agitada.
—Tócame, perra —le ordena Clara.
Mariona baja lentamente y comienza a oler el coño de su Señora y deseando que ella le ordenase poder comérselo.
Daniel, atado y sin poder ver, sólo podía oler y escuchar los gemidos entre risas pervertidas de ambas mujeres. A veces sentía que alguna de ellas se acercaba mucho a él, porque podía percibir el olor a sexo.
De repente se escucha el chasquido del látigo en el aire y un ardiente gemido.
—Señora, por favor, otra vez —le suplico Mariona.
—Comienza a contar perra, serán 20 —ordenó Clara.
—1 ahhh…. 2 ayyyy…3 mmmm —la voz de Mariona se confundía con sus gemidos.
Daniel no podía más, su polla, completamente dura, se asomaba con rebeldía debajo de su pantalón.
—6 ahhhh —prosiguió Mariona.
Clara se detuvo en seco al percatarse de Daniel (Mariona era su preferida y los demás, solo eran juguetes temporales).
—Hay una polla bien dura que está esperando que te la comas entera, perra- le dijo Clara a Mariona y ambas se rieron con divina maldad.
Mariona se acerca a Daniel, le desata las piernas, le quita de forma apresurada los pantalones, para dejar al descubierto una grandiosa polla.
—Pero que mierdecilla de polla tienes criatura!!!!!- Clara la coge con fuerza con sus manos y le da un par de batidas. Daniel aún con los ojos vendados, ante la estupefacción de la situación, sólo de dignaba a respirar, no sé atrevía a decir ninguna palabra, ni menos a gemir, pero el placer que sentía, no lo había vivido jamás en su vida. No entendía como algo que producía dolor, a la vez daba tanto placer.
—Te toca, perra —le ordena Clara a Mariona.
Mientras Clara suelta la polla del chico, coge la cabeza de Mariona y le mete la polla completamente, hasta producirle arcadas. Mientras tanto, Clara aprieta los huevos de Daniel. Sus uñas largas y rojas se clavan como imanes en ellos.
A estas alturas, Daniel ya no podía con tanto placer doloroso y emite un gemido. Ambas mujeres, conocedoras del juego y con una complicidad tremenda, dejan de tocar al becario, justo cuando iba a eyacular.
Mariona le quita el antifaz y en el mismo instante, ambas mujeres comienzan a abofetearlo.
A la par, sincronizadas, entre risas, entre besos apasionados.
Daniel solo era un espectador y saco de boxeo para ellas.
Y hubo silencio.
Daniel quedó absolutamente asombrado de lo que continuó después. Sólo recuerda que dos mujeres se convirtieron en una, una sinfonía de perfume, cuerpos, besos y sexo. Cuando ellas llegaron al clímax, sólo con oler la mezcla que emanaban, eyaculó, sin más, sin ser tocado, sin ser observado, absolutamente ignorado.
Y sí, está es una analogía llena de erotismo bdsm y reinterpretada de la leyenda de Sant Jordi, porque no existen dragones (o dragonas), ni princesas (ni príncipes), ni tampoco caballeros (o caballeras), pero si existen personas con una fantasía muy perversa que en algún futuro no muy lejano, querrán convertir en deseo.
Feliç Sant Jordi a Catalunya y para el resto de España ( y de Latinoamérica)
Feliz día del libro…
Autora: Mistress Daiana