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EL SADISMO DEL BDSM CASUAL

Soy una mujer dominante que eligió casarse con un hombre sumiso y formar una familia. Él y yo formamos parte del club BDSM de los veinticuatro siete y el romanticismo sado Ama – esclavo es una forma de entender nuestra vida sexual. Pero esa convivencia romántica bajo la cual he elegido desarrollar gran parte de mi vida de dominante también me sirve como plataforma para vagabundear por otros rumbos. Me gusta aventurarme en el sexo por fuera de la relación de pareja que vivo con mi esposo esclavo. Me gustan las relaciones ocasionales por el mero placer de la aventura y la experimentación. Disfruto mucho del juego de la dominación con desconocidos y del desafío que implica el explorar hasta donde soy capaz de avanzar para ponerlos al servicio de mi placer.

   Me gusta considerarme una sadonauta. Con mi esclavo marido a mi servicio y atento a mis necesidades, me gusta viajar por el mundo del sexo sin un rumbo fijo, por el mero hecho de disfrutar la sensaciones del paisaje. Cuando empiezo una aventura, sólo me impulso a arrancar plantándome firme en la seguridad de mi relación matrimonial e intento despegar con rumbo desconocido, a ver que puedo encontrar en la próxima curva. Una salida nocturna, un viaje, una amiga lectora que me sugiere algo, el anzuelo prometedor de un piropo, un llamado inédito, una lectura en revistas fetish, un comentario en este espacio…el llamado puede llegar desde cualquier lado. Sólo se necesita sensibilidad y oídos atentos para captarlo.

   Ser una mujer dominante en un dominio nuevo y desconocido me pone a prueba en fortalezas y debilidades. Lejos de la comodidad y la seguridad de la cama hogareña, el nuevo territorio te exige ser al mismo tiempo hierro y carne, dureza y dulzura. No llego con hambre porque estoy bien saciada en casa pero sí con apetito. Apetito de placeres de loba, de vampiresa, relamiéndome ante la idea de saciarme sádicamente con el cuerpo y la mente de mi presa. Así es como me siento libre de toda atadura y mandato, Dómina por carácter y puta por plena convicción. Cada nuevo dominio es para mí como una virgen, que va a ser tocada por primera vez.

    La experiencia de la dominación sexual espontánea tiene el perfume de lo cinematográfico, con los recursos del shock, la sorpresa y la emoción. Lo inesperado (y también lo peligroso) te acecha y te mantiene en esa tensión sexual siempre al límite. Es una prueba para mi ego y para mis argucias seductoras de mujer dominante. A veces, el tesoro a conquistar bien lo vale, a veces confieso que no.

   Una experiencia de dominación casual es para mí un manantial de energía porque como sé que todo se va a deshacer una vez concretado mi goce, no tengo expectativas ni compromisos por fuera del placer del sexo. Es en esas experiencias en donde puedo encontrar al sadismo en estado puro, sin rastros de amor. Cuando hablo de sadismo no me refiero al dolor sino a esa búsqueda del goce hedonista, del placer por el placer mismo, ese tsunami de deseo que quebranta todas las reglas morales. Si hubiera sentimientos involucrados entre las partes, el manantial se contaminaría.

   A mí me resulta fascinante el poder dominar sexualmente a personas que un rato antes eran desconocidas y a las que probablemente nunca más vuelva a ver, sabiendo que quizás estoy marcando una huella en su vida sexual, como si yo fuera un hada que las tocó con su mágica varita para luego remontar vuelo.

   Si la razón de ser del BDSM es un exquisito goce erótico, muy superior a los placeres sexuales obtenidos mediante el sexo convencional, no deberiamos revalorizar al sado casual? Siempre y cuando, claro está, hayamos llegado al BDSM atraídos por el deseo y no porque necesitemos algún tipo de validación social comunitaria con la que cubrir otras carencias.

   La mujer dominante que escribe estas páginas es una sadonauta que se aburriría si estuviera anclada a un único dominio y que por esa razón, prefiere hacer dominio al andar y disfrutar del sadismo del BDSM casual. Y por ahí voy, a ver con qué me encuentro.

 

 

Autora: Mistress Roxy

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