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EL FETICHE ES UNA CUESTIÓN DE AMOR

Pocas personas en el mundo son capaces de hablar tan claramente sobre el fetichismo y sus cultores como Dian Hanson. Editora de revistas fetichistas y pornográficas durante más de veinte años y habiendo vivido (y también sobrevivido) a toda la movida sado neoyorquina de fines de los 70, previa a la aparición del SIDA y a la moral reaganiana, Dian, a diferencia de muchos otros editores de pornografía, no se ha caracterizado por despreciar a sus lectores sino por intentar entenderlos, apreciarlos, valorar sus fantasías y establecer con ellos un correo de ida y vuelta con lo que ha logrado hacerse de una legión de fieles seguidores que le han abierto su corazón y sus más íntimos deseos. Nada resulta más tranquilizador y agradable para un hombre fetichista que un par de oídos femeninos que se interesen por sus fantasías en lugar de juzgarlas peyorativamente. Parece algo obvio, pero resulta que no lo es tanto. El fetichista fue, es y será un tipo generalmente despreciado, tanto por los vainillas como por los ortodoxos cultores del BDSM. Para ambos, no es más que un pajero.
Recordaba a Dian el otro día cuando leía en High Heels Place a un forista varón que comentaba, un poco enojado, acerca del porqué la palabra fetish parece estar invariablemente dirigida a un hombre. El hecho de que las mujeres por lo general no desarrollen una sexualidad de tipo fetichista, en vista de Hanson, es el resultado del intenso escrutinio cultural al que se ven sometidos los hombres. Hanson sostiene que los fetiches suelen comenzar cuando un niño se siente atraído por algo brillante, suave o colorido (raso, seda, lentejuelas, pieles) pero que es percibido por los adultos como femenino. Entonces, es alejado de ello, a menudo con severidad. Las niñas no suelen experimentar estas experiencias de mutilación. Pero en el niño, la fijación en ese objeto puede no desaparecer sino que se expresará años después en el ámbito del fetichismo. Los fetiches se inician, de acuerdo a esta teoría, cuando un niño, ansioso y experimentando, entiende que si expresa ese deseo, rompe las reglas establecidas y corre riesgo de perder el amor de sus padres. El fetiche, según Hanson, tiene mucho que ver con la búsqueda del amor.
Si el BDSM  puede ser definido como un conjunto de respuestas emocionales, el estímulo que el fetichista necesita para desencadenar dicha respuesta es una experiencia sensorial, sensual, sensitiva. A diferencia del sumiso convencional (generalmente de sexo femenino) que llega en busca de un dominante para descargarle cual mochila de adoquines su entrega sumisa que no es otra cosa que la necesidad de que alguien se haga cargo de su sexualidad y también de su vida, el sumiso fetichista sólo se somete si percibe en una Dómina un estímulo que él registra como sensual. Sólo necesita el estímulo correcto, esta vez sin mutilaciones. El problema general es que las mujeres que se dicen dominantes rara vez entienden esta situación y pretenden, con su típica e ignorante soberbia, que su poder estará establecido el día en que consigan resetear la mente del sumiso para poder escribir allí lo que ellas quieren. En lugar de comprender la realidad de un hombre que quizás tiene mucho para dar, prefieren construir mitos sobre el deber ser. Por supuesto que en estos casos el fracaso está a la vuelta de la esquina. No debe haber cosa más irreductible en la psiquis de una persona que una fantasía sexual acariciada durante años de masturbaciones.

   Ellos no son más que pajeros. Punto final a la cuestión.

   Un sumiso fetichista suele ser un hombre que se ha atrevido a desafiarse a sí mismo y a asumirse. Hace poco, en otra columna, escribí sobre los «masturbadores indómitos que conservan la inocente perversidad del deseo sexual puro y virgen. De la relación estímulo–respuesta que no está contaminada con ningún condicionamiento social, comunitario ni ético». Me refiero justamente a esta clase de hombres, que llegan hasta nosotras con un largo historial de masturbaciones, deseos y fantasías que entendidas y asimiladas en un marco de respeto mutuo, pueden abrir un mundo de juegos sexuales de riquísima variedad.

Vuelvo a Dian Hanson: El fetiche tiene mucho que ver con la búsqueda del amor. Cuando me lamen las botas que yo elegí primorosamente para seducirlos, yo los amo y ellos me están dando amor. No el amor cursi que a lo mejor las mujeres esperamos, incluidas las chicas bedesemeras que sueñan con el collar, la cartita y las esposas de peluche. Es un amor diferente, hablado en un lenguaje diferente, pero que las mujeres podemos entender fácilmente si nos lo proponemos. Convendría que las mujeres les prestemos más atención a estos tímidos galanes en potencia. A lo mejor te llevas una sorpresa…te lo dice una que vive sorprendida de las muestras de amor incondicional y romántico que recibe por parte de tantos pajeros.

Autora: Mistress Roxy

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