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DON LEOPOLDO Y EL MARQUÉS

En los inicios del siglo XX, con el despertar de la física cuántica, el físico Ernst Rutherford propuso un modelo para la estructura del átomo que lleva su nombre. Dicho modelo fue posteriormente desechado cuando experimentos posteriores demostraron que la estructura del átomo era diferente de la que Rutherford había propuesto. Sin embargo, la noción intuitiva que la mayoría de las personas medianamente instruidas en el tema tienen sobre el átomo sigue coincidiendo con el modelo de Rutherford. Así también cuando se habla de sadismo, se piensa intuitivamente, aún dentro del BDSM, en la definición que nace del concepto expresado por Krafft-Ebbing, quien definió al sadismo como una parafilia, una desviación patológica íntimamente emparentada con el goce mediante el dolor. Este mismo autor también postuló una variedad de perversión sexual en la cual la satisfacción está íntimamente relacionada con el sufrimiento y la humillación. La llamó masoquismo, inspirado en el segundo apellido de Leopold Sacher-Masoch.
A partir de esta interpretación, es que nace de Krafft-Ebbing en adelante el concepto de sadomasoquismo, con lo cual los nombres de nuestros héroes Sade y Sacher-Masoch han quedado indisolublemente ligados, como bailando un tango tristón con letra de psicólogos aburridos y música de charlatanes pedantes. El Marqués, por motivos obvios, no pudo presentar objeciones a este modelo, pero parece que a don Leopoldo no le gustó ni un poco el encontrarse de pronto analizado bajo la fría, clínica, desapasionada mirada de un especialista en parafilias. ¡Justo a él iban a explicarlo mediante la ciencia! ¡A él, un maestro en pintar las más excelsas pasiones románticas con los más vivos tonos de la lujuria y el éxtasis sexual!
¿Son realmente Sade y Sacher-Masoch (o mejor dicho, sus personajes principales) opuestos intercambiables que encajan en el concepto de sadomasoquismo?

El primer punto fundamental para entender el error básico de este matrimonio arreglado por conveniencia es el abismo social que los separa. Sade era noble, descendiente de una de las mas antiguos linajes de Francia, y criado como tal, señor feudal con la convicción de que realmente podía disponer de vidas y haciendas de los inferiores. En él y en sus personajes, se da por sentada la superioridad de una clase sobre el resto (su adhesión a la Revolución Francesa puede haber sido una mera cuestión de supervivencia).

 

En cambio Leopoldo, siglos después, es un referente de la sociedad burguesa de su tiempo, hijo de un funcionario, pero sin tener incorporado el concepto del poder que otorga un título de nobleza. El poder en Sacher-Masoch es una sensación que nace de su noción fetichista y romántica, no es una cuestión de noble cuna. Podemos argumentar que Sacher-Masoch no inventó nada pues que un hombre enamorado de una hermosa dama encuentre placer sometiéndose a sus caprichos, no es algo que empiece en el romántico siglo XIX. Pero lo que sigue resultándome inquietante y hermoso a la vez, es la forma poética en que relaciona ese sometimiento con el amor ideal y en todos los recursos típicamente masculinos que suelen utilizar los personajes de sus novelas para atrapar a la mujer que desean y llevarlas a sus territorios fetichistas. En La Venus de las Pieles, ofreciéndole en el famoso contrato hasta su propia vida, Severin logra finalmente que Wanda sea suya. Aún en los momentos más duros de la novela, hay una constante pasión amorosa en Severin hacia su dama fetiche lo que me genera sentimientos de ternura al leerla, hay algo en él del niño entusiasmado con el juguete que siempre deseó y yo suelo observar en muchos sumisos conductas similares. En Sade, en cambio, el enfoque es totalmente diferente y es ajeno a ese tipo de sentimientos o directamente los niega o ridiculiza.

En el prólogo que Gilles Deleuze escribió para La Venus de las Pieles, el filósofo francés descree de la visión habitual según la cual sadismo y masoquismo son opuestos intercambiables. La interpretación que Deleuze hace de Sade y de Sacher-Masoch es muy diferente. El sádico es algo así como un quebrantador de reglas, que no reconoce otra ley que su propio capricho del momento; mientras que el masoquista, visto según el prisma del propio Leopoldo, es alguien que, muy escrupulosamente, pone su libido en realizar un contrato previo donde están muy especificados los derechos y obligaciones de cada cual; del que es sometido y del que somete. En la letra del acuerdo está el morbo de su sometimiento.

 

Esto significa que las razones fundamentales que mueven a los personajes de Sade y Sacher-Masoch son dos sistemas de pensamiento casi opuestos, que pueden coexistir, pero no complementarse totalmente. El sádico no tiene ley, no admite ley más que su capricho, que a su vez es aleatorio y cambiante, pero el masoquista es contractual, quiere firmar (simbólicamente o no) un acuerdo previo de que cosa sí y que cosa no. Según esta visión, el sadomasoquismo como tal no existe pues no son homologables los universos de fantasía y de goce del sádico y del masoquista por más que parezcan opuestos complementarios en una primera visión.

 

Este concepto del sadismo, tan distinto al anterior de Krafft Ebbing, está mucho más cercano a mi realidad sensual y femenina. En mi interior siempre me reconocí como sádica así como siempre rechacé la utilización del dolor como herramienta de Dominación. Como escribí alguna vez, yo domino para darme los gustos y provocar dolor no figura entre ellos. Además, desde la primera vez que asistí a una fiesta con gente del ambiente BDSM, tuve conciencia que no soy ni seré proveedora de castigos ni me interesa el manejo de las técnicas comunes del BDSM porque me alejarían cada vez más del deseado orgasmo de Dominatriz que sólo llega cuando Yo soy servida de acuerdo a Mis deseos y caprichos y no cuando tengo que estar atenta a lo que sucede con el otro.

Que nadie se confunda: no me cabe duda que son las concepciones de sadismo y masoquismo de Krafft-Ebbing y sus seguidores las que tienden a prevalecer. La razón es más que obvia: el término sadomasoquista resulta algo tranquilizador para la gente común. Después de todo, una pareja sadomasoquista no deja de ser una pareja que ha consensuado su vida sexual en donde uno da y el otro recibe, de acuerdo a sus particulares reglas y sus códigos. Los expertos en BDSM repiten, con la aprobación general de sus seguidores Lo único importante es que todo sea consensuado. Se ha frivolizado bastante este concepto de sadomasoquismo, en el que se basa la venta de lencería hot y accesorios varios para parejas que apuestan a vivir una vida sexual más rica mediante el pégame que me gusta, pero que no deja de ser un juego sexual consensuado entre opuestos complementarios. Pero si nos atrevemos a ir más lejos, si removemos la hojarasca que tanto psicólogo acumuló desde Krafft-Ebbing para acá, si dejamos de lado a tanto versero dando vuelta por los foros BDSM y nos atrevemos a emprender un viaje mental para encontrarnos cara a cara con alguno de los personajes del Marqués o nos reconocemos en las bellas y despóticas heroínas de Leopoldo, tendremos que aceptar que hay algo en nosotros mismos, en nuestra psiquis, que está relacionado con la excitación y el placer que nos produce el ejercicio arbitrario y despótico del poder, sea ejerciéndolo o sintiendo su ejercicio por parte de otro. Algo que puede ser muy diferente de lo que muchos están dispuestos a a aceptar en nuestro BDSM de cabotaje, de parejitas acollaradas, de noviecitos jugando con esposas de peluche y jaulitas de cotillón… tan sensato, tan seguro y tan consensuadito.

 

 

Autora: Mistress Roxy

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