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WANDA LA PERVERSA

En la década de 1970, el mundo del cómic experimentó una mutación irreversible. Al calor de las contraculturas y la paulatina caída de la censura, las publicaciones impresas para adultos dejaron de ser meros productos marginales para convertirse en laboratorios de vanguardia artística y ácida crítica social. Dentro de este fenómeno, pocas creaciones lograron desestabilizar tanto las estructuras bienpensantes como Wanda, la perversa (Oh, Wicked Wanda!), una historieta que redefinió los límites del humor negro y el erotismo sofisticado desde las páginas de la emblemática revista Penthouse entre 1973 y 1980.
Subversión de roles: Una pionera de la dominación
El gran acierto de la serie radicó en la construcción de su protagonista, que se convirtió en una de las primeras representaciones pop de la Femme Domme (dominatriz) en el cómic de distribución masiva.. Lejos de la cosificación imperante que confinaba a los personajes femeninos al rol de víctimas o complementos decorativos, Wanda irrumpió como una aristócrata multimillonaria, dueña de su sexualidad y con una inteligencia maquiavélica. Wanda no buscaba la aprobación de la sociedad, sino su sometimiento. A través de delirantes tramas de espionaje, la protagonista utilizaba a la élite política, militar y financiera como sus «esclavos» particulares. El motor de sus tramas no era el sexo convencional, sino el ejercicio del poder a través de dinámicas fetichistas y de dominación y sumisión (D/s). A través de delirantes tramas de espionaje, juegos de poder de tintes sadomasoquistas y una amoralidad desbordante, el personaje utilizaba a la élite política, militar y financiera como juguetes para sus caprichos, obligando a severos generales y estirados mandatarios a arrodillarse ante ella. De este modo, el cuero, los látigos y los castigos corporales de tinte paródico no eran elementos puramente visuales, sino el vehículo perfecto para subvertir los roles de género tradicionales, dinamitar las convenciones de la Guerra Fría y ridiculizar la hipocresía de las clases dirigentes.

El impacto duradero de la obra responde a la combinación perfecta de dos talentos excepcionales que supieron equilibrar el escándalo con la excelencia formal, formando una alianza entre la pluma y la acuarela. 

El guion fue Ideado por el periodista y escritor británico Frederic Mullally, quien dotó a las viñetas de diálogos cargados de ironía fina, sátira política de alta escuela y una narrativa ágil que parodiaba con brillantez las películas de James Bond.

El apartado visual era obra del maestro Ron Embleton, un ilustrador de corte clásico cuya transición al cómic adulto sorprendió a la industria. Embleton revolucionó el género al pintar cada página con delicadas acuarelas. Su dibujo, de un realismo anatómico impecable, estilizaba la vestimenta fetichista —botas altas, guantes de ópera y corsés— dotando a las escenas de dominación de una elegancia pictórica que desarmaba a cualquier detractor moralista.

 

 

La llegada a España de estas historietas se produce  a finales de los setenta coincidió con el fenómeno del «destape» y el auge del cómic para adultos durante la Transición,  a través de la edición nacional de Penthouse en 1978.  Más allá de su serialización, el hito fundamental ocurrió en 1979, cuando la Editorial Formentera (perteneciente al Grupo Zeta) recopiló sus mejores historias en un volumen único de 128 páginas a todo color.
Esta edición se convirtió en un mito de los quioscos gracias a la adaptación del dibujante Óscar Nebreda, quien reinterpretó los diálogos originales británicos inyectándoles el argot callejero, pícaro y gamberro propio de la España de la época. Aquella decisión editorial transformó una obra de humor inglés en un fenómeno local que, casi medio siglo después, sigue siendo una cotizada pieza de coleccionismo.
Hoy en día, Wanda, la perversa se analiza no solo como un monumento a la libertad creativa de los años setenta, sino como el testimonio de una época en la que el noveno arte se atrevió a ser verdaderamente peligroso, inteligente y bello al mismo tiempo.

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