LA APROPIACIÓN EN EL FETICHISMO GAY – PARTE 1: LOS ORÍGENES
CUERO
Llevando puesto un polo Fred Perry —o Alpha Industries— por la calle, me han preguntado más de una vez que si soy skin, o me han dicho que parezco de ultraderecha. En entornos seguros tienen claro que es una prenda fetichista, e incluso que los colores de las rayitas tienen un significado concreto. Un mismo objeto —el polo en este caso— cuando deja de ser únicamente funcional, empieza a tener varios significados según tus referentes, y transmite una idea reconocible en entornos concretos, se convierte en signo. Incluso puede llegar a símbolo cuando acumula carga histórica, emocional o colectiva.
Además, pasa a constituir un código cuando una comunidad interpreta esos signos y les da una lectura común —prenda de la ultraderecha para la gente vainilla, prenda con connotaciones homoeróticas para la gente fetichista—. Cuando los códigos dejan de ser simples referencias visuales y pasan a formar parte de la forma en que una persona se define, se presenta y es reconocida dentro de su subcultura o comunidad, se convierte en parte de su identidad.
El fetichismo gay lleva décadas construyendo su identidad apropiándose de objetos —principalmente prendas de vestir, pero no solo eso— para construir su identidad. Para ello se ha cambiado su significado, modificando o creando nuevos códigos, homoerotizando aquello que en muchos casos nos aterrorizó, persiguió, oprimió e incluso nos mató no hace tanto tiempo. Pero la apropiación no lo inventamos los fetichistas.

Master Krad
En el mundo de la moda, y más allá, en el de la identidad, las cosas raramente son lo que parecen. Los pantalones vaqueros que ahora vestimos con toda naturalidad, a principios del siglo XX eran únicamente usados por mineros, granjeros o ferroviarios. Y por vaqueros, claro. Era ropa de trabajo, y se veía inapropiado usarlo fuera de ese contexto. En los años 50, de la mano de James Dean y Elvis Presley, y posteriormente adoptado por hippies y roqueros, la juventud los tomó como bandera de rebeldía, usándolos en cualquier ocasión. Ahora estamos viviendo un ejemplo similar con la ropa deportiva, que ha pasado de usarse en pabellones y gimnasios a verla prácticamente cualquier sitio y momento de la
mano de la nueva generación, provocando en muchas personas el mismo rechazo que los vaqueros produjeron en su momento.
El resignificamiento de una prenda, no es, por lo tanto, algo tan extraño. Tanto las prendas vaqueras como las deportivas saltaron de un uso a otro cuando un grupo de personas (en ambos casos, la juventud), se dio cuenta de que además de la comodidad que suponía su uso respecto a los estándares de su época, esta manera de vestir les servía como signo de insumisión e insubordinación a las normas de etiqueta establecidas. Colonizar espacios —en vaqueros, en chándal— es una manera de distanciarse de la generación anterior.
Si hablamos de la comunidad fetichista gay, también encontramos, ampliamente, que ha construido su identidad apropiándose de una serie de prendas. Se puede decir que también como elemento de rebeldía, aunque en este caso no hacia otra generación —aunque después veremos que también— sino hacia sus opresores.
Toda historia tiene un origen. En el caso de la cultura fetichista gay, tal como la conocemos hoy en día, y según la socióloga Meredith G. F. Worthen, autora de Sexual Deviance and society, comienza tras la Segunda Guerra Mundial. El servicio militar había facilitado las primeras experiencias homosexuales a muchos hombres, y, tras volver de la guerra y perder la oportunidad de estar con otros hombres sin que les hicieran preguntas incómodas, encontraron refugio en clubs de moteros, que además de ser exclusivos de hombres, estaban asociados a una imagen de masculinidad a la que no querían renunciar.

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Por otro lado, en estos clubes, la ropa de cuero era muy habitual. Peter Hennen, autor de Faeries, Bears and Leathermen, piensa que esto impulsó a los gays a utilizar cuero por su poder erótico íntimamente ligado a la forma en que señalaba la masculinidad. Esta estética cruzada de moteros, militares, aviadores y otros grupos sociales o profesionales que destilaban hombría —y usaban cuero— no pasó desapercibida para una figura clave en nuestra historia como es Tom of Finland, un dibujante que aglutinó todas estas estéticas, adquirió una gran popularidad, y durante décadas forjó el imaginario fetichista leather que aún hoy en día consumimos.
Pero no se trata solo de estética, sino de construcción simbólica. La comunidad fetichista gay, además de recoger objetos, las prendas de vestir —ropa utilitaria de motoristas, policías o militares como símbolo de hipermasculinidad— recogió sus códigos, sus maneras de proceder. El cuero rápidamente quedó íntimamente ligado al BDSM, donde las estructuras de poder, la autoridad y jerarquías —y uso de la violencia— son la base de las relaciones, al igual que en los entornos de donde se trae la indumentaria.
La cultura leather buscó alejarse del arquetipo de gay afeminado o blando, reivindicando dureza, músculo, rudeza, agresividad y sobre todo, la camaradería que supuestamente se encuentra en espacios de homosociabilidad masculina: cuarteles, estaciones de bomberos, fraternidades de moteros, etc. Esta fantasía homoerótica no siempre tiene por qué estar asociada a la autoridad —aunque hemos visto que generalmente sí— sino que también gira en torno a la creación de entornos de hombres donde prima la camaradería, el trabajo físico —con componentes como la suciedad— o los códigos corporales duros.
Más allá de en las relaciones sexuales, las asociaciones fetichistas leather se fundaron también en base a estos principios. En estas asociaciones, aunque el principal objetivo suele ser establecer lazos de hermandad y en general se constituyen como una organización democrática, se reproducen estas dinámicas y se establecen relaciones jerárquicas muy estrictas. Esto se refleja, por ejemplo, en la elección de su representante, Míster o embajador que se constituye como líder temporal —normalmente por un año— al que se le da un tratamiento de respeto desde los asociados, pero también desde otras asociaciones cuando es el anfitrión de un evento. Estos rituales se trasladan también, entre otros, al uso de la banda —su signo distintivo más importante—, que también tiene unos protocolos de apariencia y uso muy precisos y exigentes.

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Así pues, en la cultura fetichista gay se produce una transformación simbólica de los objetos que sigue una lógica semiótica precisa: todo aquello que había nacido como un objeto funcional —unas botas que resguarda de terrenos hostiles, un pantalón que protege de una caída, un uniforme que impone respeto, una gorra militar que indica tu rango— se convierte primero en signo al asociarse con ideas como autoridad, masculinidad o sumisión, después en código cuando la comunidad se lo apropia, comparte y reconoce colectivamente ese significado, y finalmente en identidad, cuando deja de ser un complemento y pasa a convertirse en marca visible de pertenencia, deseo y autorrepresentación.
Aunque la erotización del poder convierte conceptos abstractos en algo visible —un uniforme habla antes que la persona que lo lleva—, casualmente, o no, estos grupos hipermasculinos que tanto nos atraen —militares, policías— son también los que más nos han atacado —redadas, persecuciones, violencia— o los que más nos han excluido como comunidad. Entonces la apropiación no es solo estética, sino que es una forma de resistencia a través de la resignificación, la parodia y la teatralización.
Erotizar los signos de autoridad puede funcionar como inversión simbólica: lo que antes producía miedo, ahora produce deseo. Es la domesticación del significante, el convertir una imagen amenazante en una controlable dentro de la fantasía. Es por esto por lo que, como veremos más adelante, se erotiza y se apropia toda aquella estructura ultramasculina que tradicionalmente ha hecho gala de una orgullosa homofobia: instituciones religiosas, asociaciones deportivas, grupos de skins, etc. Se trata de corromper el sistema imitándolo. Nosotros también podemos ser tan machos como ellos, y además neutralizamos sus representaciones culturales sexualizándolas. Es la domesticación simbólica del trauma. Allí donde la cultura dominante impuso disciplina y violencia, la subcultura fetichista convirtió sus signos en deseo, juego y lenguaje.
Pero la resignificación no se refleja solo en objetos externos. El mismo cuerpo se convierte en objeto apropiado, construcción simbólica, soporte donde se inscribe la identidad fetichista. La corporalidad se reprograma para mimetizarse con estos grupos homosociales. Cabezas rapadas, grandes bigotes, barbas de leñador, cuerpos musculados o muy delgados, tatuajes, piercings, depilación —u orgullo capilar—, cuerpos grandes, cuerpos modificados. El cuerpo fetichista deja de ser biológico para convertirse en emblema. Y más allá. Con las marcas que te deja el arnés, las cuerdas del bondage, las cicatrices de una sesión dura, el cuerpo se convierte en lienzo. La subcultura fetish responde a la ridiculización o patologización histórica a la que nos han sometido médicos y psicólogos, tratando de borrarnos, creando cuerpos hiperlegibles y celebrados. Es una reapropiación política. De cuerpo marginado pasamos a un cuerpo codificado, y de aquí a un cuerpo deseado.
En la segunda parte hablaré de la evolución y adaptación de los fetiches al nuevo siglo. Quería dar las gracias especialmente a todos los que me han cedido imágenes para ilustrar el escrito: domsirdadmick, leatherguyfr y rayme.leather.