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DE LAS TRUFAS Y OTRAS COSITAS QUE LE PONEN CACHONDO A UNO

Así ponían en situación a nuestros abuelos

Siguiendo con este sucinto recorrido por el transcurrir de los usos eróticos de la gastronomía en los diversos pueblos y tiempos, se va confirmando la hipótesis de trabajo con la que iniciábamos tan a menos recorrido por los siglos, a saber, que casi todos los manjares han sido tenidos por erotizantes en un momento u otro de la coquinaria universal.

Claro que algunos de ellos lo han sido más que otros. Y, así, vemos que la sopa de nidos de golondrinas, es un alimento afrodisíaco que es mencionado los viejos tratados de la China clásica, aún es tenido por tal en la actual gastronomía erótica del Imperio del Centro.

Y, si los chinos se echan a los pájaros, sus vecinos y, por eso mismo, tradicionales antagonistas, los japoneses, prefieren confiar en un bicho de la mar (la mar es tradicional suministradora de alimentos afrodisíacos), que tiene además un aspecto peniforme: la angula.

 

 

Aunque, como los vertidos industriales han acabado prácticamente con todas las anguilas del archipiélago nipón, los creyentes en las virtudes sexo estimulantes de estos animales en su juventud (la angula es una fase del desarrollo de la anguila) se dirigen en la erótica peregrinación a aquellos lugares en los que aún hay, como Gran Bretaña, en busca de tal manjar afrodisíaco.

Por cierto, cabe señalar que los antepasados de nuestros vecinos del norte, los gabachos, en el siglo XVIII, pensaban que la anguila (o sea, el bicho ya crecidito) era un alimento sexual que resultaba demasiado peligroso para el hombre pecador. (¿ Sería porque, comiéndolo, le resultaba imposible comer contenerse y se echaba sobre la primera gabacha que se cruzaba en el camino? A saber…)

 

 

Las trufas, tan rugosas, redonditas y negras ellas…

 

Aunque lo cierto es que nosotros los europeos y, en particular, los ya citados vecinos del norte hemos preferido santificar como erotizante a un extraño y tímido (por aquello de que se oculta nuestras miradas) hongo, la trufa. La trufa, que, como todos deberíamos saber, es un hongo ascomicetes subterráneo, carnoso, casi siempre de verrugoso, cerrado, interiormente compacto y jaspeado, y con aspecto de tubérculo (¡Basta ya de citar a la Espasa!); pues bueno, la trufa era uno de los manjares preferidos de ese gran Amador que fue Cassanova, que estaba absolutamente convencido de sus poderes estimulantes… ¿Y quién va a poner en duda la opinión, basada en la propia experimentación, de tal experto?

 

El famoso gastrónomo, galo él, y tratadista Brillant-Savarin dice, en una de sus obras, que las trufas despiertan «ideas gastronómicas y eróticas, tanto en la porción de la raza que lleva las enaguas, como en la ficción Barbuda de la humanidad».

Y no olvidemos que sus compatriotas, los franceses, usando la trufa y los hígados de los patos, engordados especialmente, han creado el foie-gras trufado…; algo tan exquisito que se sola ingestión, seguro que ya es pecaminosa. ¡Así que no digamos si se realiza en gentil compañía!

Al otro lado del Canal, en la rubia Albión, era otro producto de los campos, la ciruela, la tenida por estimulante de los apetitos sexuales; tanto, que, en los burdeles de la época, le era gratuitamente suministrado a la respetable clientela este fruto.

 

Y acabemos (tranquis, que esto aún sigue el mes que viene… Si no saltan los poderes fácticos de la publicación) con una mención a Lord Byron, el actor y escritor dramático inglés, quien en su obra Don Juan nos habla de los huevos como manjar afrodisíaco y, luego, afirma que «también las ostras son un alimento amatorio».

 

Porque de ostras va la cosa…

En efecto, el mismo título genérico de la sección lo estaba pidiendo: hay que hablar de las ostras, ese manjar al que todo el mundo reconoce valores afrodisíacos. Claro que, al tratar de la ostra, hemos de tener en cuenta que el modo habitual de consumirlas, crudas y con unas gotitas de limón, las hace desagradables para quienes no soportan su textura, gelatinosa y semilíquida.

Por ello, hoy les ofrezco un modo de ingerir este manjar de la mar, cocinado y, po tanto, con una textura muy diferente en sus carnes, que espero habrá nuevos horizontes en su praxis gastromatoria. Se trata de las ostras como las preparan habitualmente en la Gran Bretaña o séase:

Oysters in the English Manner.

Ingredientes:

  •  Ostras.
  •  Bacon.
  • Pimienta de cayena.

Preparación:

Sacar las ostras de sus cáscaras y clavarlas en pinchos de los de barbacoa (tres por pincho), intercalando rollitos de bacon (usar del entrevelado, o sea, el que tiene abundantes vetas de carne, no el que es todo grasa). Rociar con pimienta de cayena al gusto.

Cocinar en grill o barbacoa, no muy calientes, hasta que estén doradas.

Y este mes no se quejaran de que la receta sea laboriosa.

 

 

Artículo publicado en la sección «Ostras y Almejas» de Luis Vigil en la Revista Sado Maso, Nº 41.

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