MÁS SOBRE LA HISTORIA DE LOS MANJARES AFRODISÍACOS
¡MARCHANDO UNA DE RIÑONES…!
Ya vimos el mes pasado como, en todos los tiempos y en todos los pueblos, han existido una interesante búsqueda de manjares con los que, además de complacerse el paladar, el hombre parecía ayudarse a realizar proezas amatorias. Y, así, como muestra, los griegos clásicos consideraban a la cebolla como un alimento altamente afrodisíaco. Lo vemos, por ejemplo, en las comedias del dramaturgo el heno, del siglo IV, Difilo, quien hace afirmar a sus personajes: «Es bien sabido que, indudablemente, la cebolla es capaz de estimular el deseo sexual». Y, por su parte, el poeta Ovidio aconseja a los amantes, en su Ars Amandi, que sigan una dieta de cebollas blancas, verduras, huevos, miel y piñones, si desean ser unos campeones en las Olimpiadas del sexo.
En cambio, así como los griegos mitificaban los poderes afrodisíacos de un vegetal redondito (¿sería porque les recordaba los testículos?), los habitantes de la India del período clásico preferían otro fruto del campo; el espárrago (¿quizá por ser los hindúes unos falócratas, y recordarles ese vegetal a un pene?). Y, en su obra amatoria por excelencia, el Kama Sutra, se sugiere, como alimento afrodisíaco, el logrado a base de hacer hervir espárragos en una mezcla de leche y ghee (la parte líquida de la grasa de búfalo fundida), con la adición de especies y regaliz.
En el siglo VII, el famoso médico Pablo de Egina recomendaba a sus pacientes, aquejados de problemas sexuales, el recurrir a los alimentos que nos ofrece la mar y, en especial, al pulpo. También, en orden descendiente de eficacia afrodisíaca, listaba los caracoles de mar, los mejillones, las almejas y las ostras. Otro médico, este del siglo X, el persa Rhases, citaba en sus textos, como productos afrodisíacos, la mostaza, la menta y la kabâbah (que es la valla de una especie de pimentero, nativa de Indonesia y, particularmente, de Java, pequeña y muy picante).
Por su parte, John Gerard, cirujano y botánico británico de tiempos de la reina Elizabeth, cita en su obra Herbal la zanahoria como «útil en asuntos amatorios», al tiempo que afirma que los boniatos producen «lujuria corporal» y que los dátiles y el membrillo estimulan «muy potentemente la lujuria del cuerpo».
Lo dicho, que, con un poco de imaginación y ganas de que la cosa funcione, casi todo se convierte en alimento afrodisíaco. El mes que viene verán como les hablo de otros cuantos productos más, en esta mini historia de la gastronomía afrodisíaca.
MARCHANDO UNA DE RIÑONES, QUE DAN FUERZA A LOS C…
Y pasemos ya a lo que quiere ser habitual receta; en esta ocasión, es de carne y, concretamente, de riñones de ternera, que encontrarán fresquitos en la casquería de su supermercado.
En esta receta, intervienen varios componentes afrodisíacos: la carne, con sus proteínas, que dan fuerza y virilidad; varias hierbas, tradicionalmente consideradas como afrodisíacas; el curry, que los asiáticos siempre han tenido por estimulante en lo sexual; y uno de los vinos más apreciados por los amantes (los amantes del vino y del bien hacer el amor, naturalmente); se trata de ese maravilloso caldo de la Vallée de Rhône, que se llama Château-neuf-du-Pape, la asombrosa creación vinícola del hace ya tiempo fallecido, pero no por ello menos reconocido, Barón Le Roy de Boiseaumarié.
O sea que estamos ante un plato con lo suficiente componentes como para resultar muy completo en lo afrodisíaco. Veamos como se prepara:
Rognons de veau au Château-neuf-du-Pape Blanc

Ingredientes:
- 8 riñones de ternera.
- 2 chalotes muy picaditos.
- 2 hígados de pollo.
- 2 cucharadas (de las de té) de crema de leche.
- 1/4 de litro de Château-neuf-du-Pape blanco.
- 1 cucharada (de las de té) de polvo de curry.
- 1 cucharadita (de postre) de oporto.
- Mostaza de Dijon al gusto.
- Un pellizco de albahaca y otro de estragón.
- Sal y pimienta.
Preparación:
Colocar, en la sartén, la mostaza y diluirla con el Châteauneuf y el oporto. Remover hasta mezclar homogéneamente. Añadir la crema y el polvo de curry, salpimentado. Cortar los riñones en rodajas finas y añadirles los higaditos, también cortados a láminas, y flambearlo todo al whisky. Añadir un poco de mantequilla para mantener suave la salsa.
Colocar los riñones y los hígados en una sartén y añadirles la salsa, poniendo a fuego fuerte, con el fin de que la salsa pueda mezclar su sabor con el de los riñones. Servir en un plato caliente, acompañado con dados de pan frito en mantequilla.
Por cierto que un amigo, y, sin embargo, lector, me preguntaba, tras la aparición del primero de estos artículos, que era eso de una cucharada de las de té. Pues bien, los anglosajones utilizan tres tipos de cucharas para medir: la sopera, la de te (que tiene unas dimensiones intermedias) y la de café.
Artículo publicado en la sección «Ostras y Almejas» de Luis Vigil en la Revista Sado Maso, Nº 40.