Últimas entradas

Contacta con nosotros

Síguenos en las redes

A LOS PIES DE LA MUJER MADURA

Esta historia ocurrió no hace mucho. He de decir que siento una gran atracción por los pies femeninos. Normalmente llevo conmigo una pequeña cámara digital, que utilizo para fotografiar los que más me gustan.

Una mañana por motivos de trabajo tuve que presentarme en una casa de las afueras. Al llegar intuí que la familia que vivía allí era de un alto poder económico: jardín con césped, una fuentecita, una gran verja, etc. Llamé al timbre pero nadie respondió. Lo intenté un par de veces más pero no hubo manera. Cuando ya decidía irme, llegó hasta la casa un gran coche todoterreno y la verja se abrió. Esperé pacientemente en la puerta hasta que la persona bajara del coche.

Aún recuerdo la increíble visión de esas piernas bien torneadas, bajando del coche, intentando que las increíbles sandalias de madera no cayeran de sus pies. Me acerqué sin poder dejar de mirar esos pies embutidos en las sandalias, parecía que estas iban a estallar. Miré hacia arriba y un vestido negro por encima de las rodillas me indicaba el camino ascendente de mi vista, hasta llegar a un pronunciado escote y a una cara femenina y sonriente en la que reposaba el cabello rubio. Sara.

Me presenté, ella me dio la mano. Le comenté el motivo de mi visita y enseguida me invitó a entrar en la casa. Yo caminaba detrás suyo y comenzaba a encender dentro de mi bolsillo la cámara para fotografiar esos tacones y como los pies se despegaban de ellos al andar.

Llegamos al salón y me ofreció sentarme en un enorme sillón con vistas a la piscina.

—Creo que voy a ponerme algo más cómodo, estos tacones me destrozan los pies —me dijo, antes de comenzar a subir las escaleras hacia el piso superior. Aproveché para fotografiar, como pude, sus pies antes de que desaparecieran de mi vista.

No tardó en volver, el vestido se había convertido en una bata altamente sexy y los tacones en unas zapatillas también de tacón pero creo que un poco más cómodas.

 

—¿Me estabas fotografiando?  —me preguntó.

Me puse colorado.

—No, no, sólo estaba probando la cámara, es un regalo y tengo ansiedad por usarla.

Se sentó a mi lado, me pidió que le comentara todos los pormenores de la operación que me había llevado hasta allí y, acto seguido, descalzó un pie y comenzó a masajearlo con la crema. Yo me quedé embobado, mirando como toqueteaba su pie, delicado, muy cuidado, yo diría que un 38, con las uñas muy bien recortadas y pintadas de negro intenso, algo necesario para hacerlas resaltar con el moreno de la piel.

—Lo siento, pero es que tengo los pies muy cansados cuando vengo del club.

—Tranquila, no es un problema…

—¿No sabrás nada de hacer masajes, verdad? —Creo que notó como, con esta frase, mi paquete creció de golpe.

—Bueno, algo sé —aún no concibo como esas palabras salieron de mi boca.

Se reclinó y puso su pie sobre mi regazo.

—Vamos a ver si sabes —cogí su pie con firmeza y comenzamos a girarlo lentamente. Noté como ella también comenzaba a excitarse sobremanera. Estuvimos así unos minutos, hasta que me lancé. Me agaché y le sujeté su otro pie, lentamente le quité la zapatilla, y poco a poco me lo llevé a la boca. Ella no decía nada, me miraba con lujuria y dejaba ir algún gemido. Comencé a besarle los dedos, luego la punta de mi lengua se metía entre ellos, más tarde saboreaba todo su pie. Mientras, ella con el otro pie me rozaba y masajeaba el paquete.

 

«Sácatela» me dijo. Accedía al momento y mi verga en punta y dura sobresalió del pantalón.

«Chúpame el dedo pequeño», me lo metí en la boca y comencé a chuparlo, vi que ella se excitaba y sus gemidos ya eran gritos de placer.

Al cabo de unos segundos se contorneó y con un fuerte gemido se corrió. Me quedé pasmado. Cuando se recuperó, a los pocos segundos, se lanzó como una tigresa a mi verga, y comenzó a succionar fervientemente. Yo estaba a punto de correrme. Me bajó los pantalones por completo y se introdujo toda mi polla en la boca, a la vez que sus dedos desfilaban por mi culo. En ese momento me clavó el dedo índice en el ojete, y hundió mi polla en su boca hasta dentro. Solté un grito, ella se levantó sin dejar de coger mi picha y acercó sus zapatillas, entendí lo que quería, me incorporé de pie, ella se puso detrás mío y mientras con una mano me masturbaba con la otra aguantaba firmemente las zapatillas. Me corrí como nunca, con un gran grito y toda mi leche fue a parar a las zapatillas. Cuando acabé, me subió los pantalones y lentamente se volvió a poner las zapatillas.

—La verdad es que hoy no estoy para operaciones, tendrás que volver mañana —y me acompañó a la puerta muy amablemente, caminando sobre mi leche que tapizaba sus zapatillas.

¡Claro que volví al día siguiente!

 

 

Relato escrito Juan R.  de Valladolid y publicado en el número 190 de la Revista Tacones Altos. .

Publicar un comentario

Acceder

Registro

Restablecer la contraseña

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico y recibirás por correo electrónico un enlace para crear una nueva contraseña.

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 50, Sitemap