MI NOVIA ME DOMINA
Soy un chico veinticinco años que siempre tuve gran éxito con las mujeres y siempre llevé las riendas de la relación, pero ahora con mi nueva pareja, de la que estoy enamorado, me siento sumiso y humillado y no sé qué puedo hacer para remediarlo. Mi pareja tiene 24 años, es licenciada en empresariales y trabaja en un banco; además es una mujer muy guapa y físicamente un portento, así que vivimos en su casa y yo llevo el tema de las labores domésticas mientras ella trabaja.
Todo era normal, hasta que comencé a vivir con ella, de mi sueldo del paro yo le entregaba la mitad para la comida, luz y agua, y ella el suyo lo invertía en decorar la casa, pagar dos créditos (del coche y del piso) y comprarse modelitos y caprichos suyos. Un día discutimos por el tema del dinero, ya que se había comprado unas sandalias de 480 euros, y yo, que la semana anterior había visto una americana de 80 euros, no me había dejado comprármela. Luego yo tenía ganas de sexo, y no me dejó tocarla, así que me fui a dormir al sofá del salón y comencé a masturbarme, cuando estaba en plena faena me pilló y la cosa fue a peor, me llamó pajillero y me dijo que no quería pajilleros holgazanes en su casa, que cómo podía hacer eso…
Pasaron las semanas, sin sexo, hasta que todo volvió a ser normal salvo en la cama, en la que en ocasiones fantaseábamos y me llamaba pajillero y cosas por el estilo, y me decía: «te voy a poner un cinturón de castidad para que no te pajees cuando yo no esté…» A mí eso me calentaba, y a ella también.
El día de mi cumpleaños me dio un regalo que, para mi sorpresa, era un cinturón de castidad, era como un tubo de acero con un brazalete que se ajustaba al grosor de los testículos, y un candado que unía las dos piezas. Le dije que lo devolviera, que no me iba a poner aquello ni de coña, pero ella insistió e insistió, un día tras otro… y, finalmente, un mal día cedí y me lo puse por unas horas, después me lo quitó e hicimos el amor. Pasaron los días y seguíamos haciendo el ritual: me ponía el aparato, me calentaba y luego me lo quitaba y hacíamos el amor.
Hasta que un día me dijo que me lo quitaba con una condición: «No quiero que hoy eyacules» yo le dije que no aceptaba, y ella me contestó que no me lo quitaba. Nos enfadamos y acabé durmiendo en el sofá, con un calentón tremendo. A la mañana siguiente le dije que me lo quitara, y cuando insistió en lo de la condición, me enfadé muchísimo y me puse agresivo, tanto que me dijo: «Mira, ahora jódete, que no te lo voy a quitar por gritarme e insultarme. Y, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta»
Pasaron así tres días, sin dirigirnos palabra, yo durmiendo en el sofá y comiendo y cenando fuera, y con el… aparato en el pene. Ni siquiera podía mear de pie, tenía que sentarme en la taza del váter como una tía y después limpiarlo con papel higiénico. Y ella tan feliz, con la cabeza bien alta, y encima, para joderme más, se ponía unos vestiditos ceñidos, unas sandalias de tacón, unos escotes, unas minifaldas y unos camisoncitos que me mataban… Seguía con el pene aprisionado, y por la excitación continua, mi erección rozaba contra las paredes del aparato y, a veces, me dolía.
Al final tuve que bajar la cabeza, y disculpame para que me lo quitara. Hicimos el amor aquella noche y no me he corrido dentro de ella pues se puso muy cariñosa y me convenció de que no me corriera. Me dijo que quería experimentar el sexo tántrico conmigo. Al día siguiente me compro la americana que me gustaba y me dijo: «Toma esto, es por lo bien que te portaste anoche. Me voy a ir a trabajar ahora, ven aquí, que te lo pongo, Cari» me puso el aparato, se llevó la llave y yo me quedé frustrado y caliente, y con unas ganas tremendas de follármela.
Los días fueron pasando sin que me dejase eyacular, y teniéndome encerrado en el aparato, ella, en cambio, recibía de mí muchos sexo oral y múltiples orgasmos. No hacía caso de mis súplicas de que me dejara penetrarla y, sin embargo, me trataba mucho mejor, con mucho más cariño y dulzura y vestía mucho más sexy… total que me tenía caliente y dispuesto a las veinticuatro horas del día. He de reconocer que me convirtió en mejor amante, los juegos preliminares se alargaban durante horas y teníamos una vida sexual mucho más activa… sobre todo ella, su vida era mucho mejor: le hacía masajes con aceites, le preparaba baños de burbujas, le llevaba el desayuno a la cama, le depilaba las piernas incluso le hacía la pedicura, a veces, me avergonzaba de lo que hacía pero no tenía otra, y cada vez me veía más dominado, hacía lo que me decía sin rechistar. Un día en la cama me dijo: «¿Ves que bien estamos ahora, cariño? Te quiero mucho, anda cómeme el chochito mi amor.» Y se lo comí… y después se quedó dormida.
Pasaron más de tres semanas, y estaba que reventaba de las ganas de correrme. Sentía las pelotas llenas, y a veces, cuando la veía con sus vestiditos y sandalias por casa mi pene se retorcía dentro de su jaula. Sentía como la sensación de orinar por dentro de mi uretra, y expulsaba unas gotas de líquido seminal. Otras veces, en cambio, tenía molestias o pequeños dolores en los testículos, se lo comenté y me dijo que eso es que estaba lechoso y que me tendría que ordeñar. Yo no entendía nada pero ella me dijo que me lo iba a explicar: «Mi amor, ¿Confías en mí?» «Si» fue mi respuesta. «Pues vamos al dormitorio, a jugar a un juego amoroso»
Se cambió, y se puso unos zapatos de tacón que nunca le había visto, de 10 centímetros de tacón, un minivestido de cuero negro, medias también negras… y la llave de mi aparato, que llevaba colgada de una cadena que llevaba el cuello y se bamboleaba entre sus pechos. Me tumbó boca abajo, me puso una almohada debajo de mi barriga y después me ató las manos, por detrás de la espalda, bien fuerte (va mucho al gimnasio, está cachas), y los pies por los tobillos. Luego sujetó esas ataduras al cabezal y pies de la cama: estaba totalmente inmovilizado y acojonado…
Se puso un guante de látex y me puso un condón, por encima del aparato de castidad, introdujo un dedo en mi recto y empezó a masajearme una zona, en la que empecé a sentir cosas que nunca antes había sentido. Le dije que parara… que si estaba loca… pero no me hizo ni caso: «cariño, esto es por tu bien, lo hago porque te quiero y no deseo que enfermes», me dijo. Entonces, empecé a llorar y entre lágrimas le suplicaba que parara. A lo que me respondió con un beso en la mejilla y con un: «Te quiero» al poco rato noté como si me estuviese orinando, pero era semen. Y cuando el condón estuvo totalmente lleno de leche, me lo quitó y vertió el semen en una cuchara sopera, que se llenó.
La acercó a mi boca y me dijo: «Abre la boquita, mi amor, o si no por las malas…» Tuvo que ser por las malas, me tapó la nariz con una mano, y no tuve más remedio que abrir la boca y tragarme mi propio esperma. Juré y perjuré que la iba a dejar, que se había acabado, que estaba loca… Total, que esa noche hice las maletas y me fui a un hotel.
Pasaron los días, y yo en el hotel, sin tener a dónde ir ni dinero para estar mucho más tiempo allí, y con el… aparato de castidad puesto. No sabía cómo quitármelo: era de acero y el candado también, probé con unas tenazas y un martillo, pero a cada golpe que le daba me lastimaba el pene y al trasto no le afectaba lo más mínimo. Pensé que una solución sería ir al hospital, o a la policía a denunciarla, o incluso a un cerrajero; pero me iba a morir de la vergüenza. Así que la llamé y le pedí que me diera las llaves del candado, pero no me las dio…
A las tres semanas aparecía en la puerta de su casa, con el rabo entre las piernas (nunca mejor dicho). Me abrió la puerta, estaba guapísima como siempre: sus largas piernas, sus firmes pechos, sus brazos cruzados. Nada más abrir la puerta me espeta: «De rodillas, y bésame los pies.» Así lo hice, me arrodillé, le besé los pies, calzados con sus sandalias de tacón, y le dije: «estoy lechoso a reventar.» Ya no hizo falta que me atara: me sacó todo el semen de las pelotas y me lo tragué, después me puse a fregar los cuartos de baño y a ordenar un poco la casa, y ella se fue a trabajar.
Todo sigue igual: apenas me deja penetrarla, me ordeña una vez al mes, y ahora sale todos los viernes y algún que otro sábado cenar con sus amigas, amigas que antes no tenía. Llega a las ocho de la mañana a casa y me pide que le coma el coño y me humilla diciéndome: «Hoy está más jugoso que otros días, ¿Verdad, cariño? Es que con mis amigas bailo mucho toda la noche…» Y yo me callo, como el gran cornudo que soy. Ahora, además, se ha comprado un consolador de arnés, y, en vez de ordeñarme con el dedo, me folla el culo hasta que me corro. También me hace follarla con el trato puesto, pues dice que le da más placer que mi pene, al ser el artificial más largo y grueso.
Ya no sé qué hacer, estoy enamorado y ella, según lo que dice, también lo está de mí, por eso pido ayuda a las mujeres de este foro, para saber si puedo arreglar de alguna manera esta situación tan patética que vivo actualmente. Gracias.
Relato publicado en el ejemplar Nº 28 de la Revista Tacones Altos, con el siguiente comentario: «El amigo el actor que nos ha enviado esto por email, dice que lo ha hallado… ¡en un foro de consejos para las mujeres! ¿Será que el BDSM lleva camino de dejar de ser marginal? Nos habría gustado saber qué opinaron del relato las lectoras de ese foro…»