ECLAVAS DEL MERCENARIO (Novela original de Duke)
SAIGÓN, 1962
Bob observaba como el dinero francés de las tropas de la Legión animaban la ciudad.
A través de la ventana le llegaba un murmullo continuo de voces, risas y música occidental que lo dominaba todo.
Los bares que veía desde la ventana estaban abarrotados de uniformes de la Legión que pugnaban por la mejor compañía femenina que les diera de sí el dinero que estaban dispuestos a pagar. El negocio de la prostitución era una actividad floreciente en la ciudad.
Por una miseria se podía pasar un buen rato acompañado por una bella chica de rasgos asiáticos. Estas eran mujeres sumisas y complacientes que hacían todo lo posible por agradar al hombre con quien estuvieran, los legionarios gozaban con esta característica y, sobre todo, con los miserables precios por lo que las chicas se dejaban hacer.
Todo Saigón era una enorme mano que recogía dinero del gigante francés vestido de militar. Todo se podía comprar; cualquier cosa que deseases tenía un precio marcado…
—¿Tú eres Robert…?
Bob se separó de la ventana y se dio la vuelta. En la escalera que conducía las habitaciones había una mujer asiática vestida con un sari hasta los tobillos de color negro. Tendría alrededor de los cuarenta años y una sonrisa serena, cálida:
—Sí soy Robert.
—Vaya, eres muy joven para ser militar…—observó la mujer.
—19 años.
—Bien. Has pagado para ver algo diferente. Espero que te gustará…—dijo la mujer y se dirigió escaleras arriba—… Vamos todo está preparado para ti…
Pasaron por numerosas puertas cerradas de donde provenían jadeos, gemidos y juramentos en francés. «El burdel funciona al cien por cien», pensó Bob.
Llegaron a otra escalera que conducía a un segundo piso. Las paredes no estaban pintadas como en el primer tramo de escalera y el polvo lo invadía todo. Bob pensó que por allí no subía demasiada gente. Al final de la escalera había una puerta vieja con cerradura. La mujer la abrió con una llave que llevaba colgada del cuello. Se detuvo en el marco de entrada y se volvió hacia Bob. Extendió una mano hacia él y exclamó:
—Ven…
Bob entró en la habitación. Era un dormitorio pequeño con el suelo de madera y unos ventanucos al estilo de una buhardilla parisina. Un armario y una cama con cabecero a la europea no faltaban. Al fondo había otra puerta tan vieja como la que daba entrada al dormitorio. La mujer dio una palmada y esta se abrió.
Empujaron a una chica asiática en dirección a la mujer que había acompañado a Bob. Estaba totalmente desnuda y parecía que hubiese llorado hasta ese mismo momento. Traía las manos atadas por una cuerda a la altura de las muñecas y procuraba que las manos le taparan el vello púbico. Bob pudo comprobar que tenía los pechos formados; parecía una mujer hecha y derecha.
Se quedó en medio de la habitación con la cabeza baja, sin atreverse a mirar a Bob o a la mujer del sari negro. Temblaba, pero no hacía frío en absoluto:
—He aquí lo que has pagado, Robert. Yo te iniciaré en este arte…—dijo en un susurro la mujer madura en un perfecto francés.
Esta la indicó una silla que estaba a su espalda. Bob se sentó en ella.
La mujer se desabrochó al salir lentamente. Debajo de este llevaba una especie de corpiño de color negro que estaba apretado al máximo en torno a la cintura. De este nacía una falda corta que le tapaba justo lo necesario para que no se le diera la vagina. Se sentó en la cama y sacó de debajo de esta un par de zapatos de tacón alto y de color negro que se calzó.
La chica observaba con fugaces vistazos todo lo que la mujer mayor estaba haciendo. Esta se levantó y se acercó a la chica, la cual metió la cabeza entre los hombros, en evidente gesto de sumisión. La mujer le acarició la cara, después la cogió del brazo y la dirigía hacia otra parte de la habitación.
Miró hacia arriba. Bob también lo hizo. En el techo había un gancho con una polea.
La mujer fue hasta un pequeño armario que había al lado de la cama y sacó de este una cuerda de tamaño medio. Volvió junto a la chica y, ayudada por una silla, pasó un extremo de la soga por la polea. Luego anudó esta a las ataduras que tenía la chica en las manos. Retiró la silla y comenzó a tirar del otro extremo de la cuerda. Los brazos de la chica empezaron a izarse. Comenzó a llorar y a decir algo en su idioma natal.
La mujer madura tuvo que tirar con todas sus fuerzas para que la chica quedara colgada de la cuerda. Un par de cuartas se paraban sus pies del suelo. La mujer anudó la soga en una maneta que había en la pared y que parecía estar allí colocada para ese propósito. La chica se balanceaba levemente.
Lloraba.
Una mano de la mujer mayor se posó en su estómago y lo acarició. Bajó hasta el pubis y se detuvo con el bello vaginal de la chica. Luego subió hasta los pechos de la joven y los apretó levemente entre sus dedos. Buscó sus pezones y los pellizcó. La chica aspiró aire sonoramente. La mujer se separó un poco y se volvió para mirar a Bob. Sonrió y le dijo:
—Ahora…
Retrasó un brazo y lo lanzó. Golpeó a la chica en uno de los pechos con la palma de la mano. Esta gritó. La mujer volvió a golpearle en el mismo sitio y las expresiones de dolor de la chica se hicieron más graves y sentidas. La mujer siguió golpeando sin compasión uno y otro pecho, haciendo caso omiso de las quejas de la chica.
Los pechos fueron cambiando de color debido a los golpes recibidos. La chica lloraba continuamente gritaba cada vez que recibía un nuevo golpe.
La mujer madura se detuvo y se separó de la chica. Observó durante unos momentos el color rojizo que habían adquirido los pechos de la chica colgada. Se acercó de nuevo y posó sus manos sobre la zona castigada, acariciándola y moviéndola. La chica lloró incluso más que antes al sentir como le apretaban la parte dolorida.
La mujer fue hasta la cama y cogió algo que estaba encima de ella. Era una barra de aproximadamente un metro. En los extremos tenía unas pequeñas argollas cromadas que contrastaban con el color negro del larguero. Cogió también de la cama unas correas anchas de cuero que disponían de mosquetones. Fue con todo hacia la chica. Esta le habló en su idioma; parecía que imploraba algo que Bob no entendía. La mujer en todo caso no pareció tomar en cuenta lo que decía y cogió uno de los tobillos de la chica, al cual le endosó una de las correas. Hizo lo mismo con el otro tobillo y después, cogiendo la barra negra, la Unión por medio de los mosquetones a cada Correa, de manera que la chica ahora no podía cerrar las piernas por mucho que quisiera.
La mujer madura observó las piernas de la chica totalmente abiertas. Se separó de esta y se volvió hacia Bob:
—Mira ahora a la chica; está completamente a mi merced. Puedo hacer lo que desee con ella. Mírale a la cara… -Bob observó el miedo en los ojos de la chica-… Ella sabe que está a mi antojo. «Verla sufrir, comprobar que está desamparada, sola y asustada es parte de mi satisfacción, y mientras más sufrimiento le inflija, más placer personal sentiré…»
Bob procuró captar el sentido de lo que le decía la mujer madura. Hasta ese momento le había gustado lo que había visto; había sentido una comezón extraña que nacía muy dentro y que le obligaba a ver gozoso como la chica colgada de la cuerda era maltratada.
Bob intuyó que seguramente le gustaría seguir viendo como la mujer madura le seguía golpeando las tetas a la joven chica. 
Aquello no era un simple polvo con una chica cualquiera. Aquello era más serio, más profundo. Bob quería más de aquella sensación:
—A partir de ahora la verás más indefensa y sacarás tus propias conclusiones…-susurró la mujer a Bob y se dirigió de nuevo al armario.
Sacó de allí una fusta de las de azuzar caballos y se acercó a la chica. Esta no comprendía que pensaba hacer la mujer del corsé negro con aquel bastón que no había visto en su vida.
La mujer mayor acercó una mano a la vagina de la chica y la acarició con la palma. La chica intentó zafarse de las caricias, pero le fue imposible debido a su inmovilidad. Pronto la chica comenzó a sentir el placer y no pudo ser indiferente a él. Suspiros fueron saliendo de su boca mientras mantenía cerrados los ojos.
Pasado un tiempo de caricias y suspiros, la mujer se colocó detrás de la chica enfrentando su culo.
Levantó la fusta y le propinó el primer golpe en las nalgas. Las chicas saltó hacia adelante impulsada por el dolor que sintió y que acompañó por un pequeño grito tan seco como el sonido que produjo el fustazo. Bob pudo observar que en la cara de la mujer madura no había ninguna expresión de odio o de placer. Estaba completamente serena, serie concentrada en lo que estaba haciendo.
Volvió a golpear. La chica repitió el grito en el momento del impacto y comenzó a llorar entre golpe y golpe.
Tras unos minutos de castigo, la mujer pidió a Bob que se acercara donde ella estaba. Bob lo hizo y ella le enseñó la zona donde le había propinado los golpes:
—No debes nunca ensañarte demasiado, que no te embauquen nunca la furia. Hay tiempo para todo, para vivir y para morir. Matar es fácil e idiota. Esto es un refinado placer que debe dosificarse para conseguir la satisfacción más exquisita…
La mujer acarició la zona de las nalgas donde la fusta había castigado. La chica dio un ligero grito mientras la mujer madura recorría y apretaba con su mano la carne rojiza.
Bob volvió a su asiento a petición de la mujer. Esta enfrentó de nuevo a la chica, acarició sus pechos y los abofeteó nuevamente. Los gritos iban parejos en intensidad a la fuerza ejercida por la mujer madura.
Volvió a coger la fusta. La chica la vio y comenzó a llorar. La lengüeta de piel se posó en los pequeños pezones y los contorneó, haciendo que estos se estremecieran. Al momento, la mujer propinó un primer golpe a uno de los pechos haciendo que la chica huyera de dolor. La fusta siguió martirizando los pechos sin detenerse a valorar los gritos y aullidos que estaba produciendo. Los pezones se hincharon y cambiaron de color.
Tras un rato de castigo, la mujer detuvo su mano y se acercó a la chica. Esta estaba llorando e intentando decirle algo a la mujer, pero estas solo se limitó a acariciar y apretar lo que un momento antes fue carne de fusta.
La chica emitía pequeños gritos entrecortados cuando las manos de la mujer tocaban y presionaban la zona hinchada de sus pechos.
Bob estaba absorto contemplando la escena.
La mujer mayor mantenía una pose altiva, indiferente al dolor que estaba produciendo en la joven chica, la cual seguía llorando desconsoladamente entre castigo y castigo.
La mujer dejó la fusta encima de la cama y comenzó a desamarrar las correas en los tobillos de la chica. Bob se levantó y se dirigió a la mujer:
—Bien, muchachito; la sesión ha acabado por hoy…—exclamó la mujer.
—¿No vas a seguir? —inquirió Bob.
—Por lo que has pagado está bien, ¿no crees?
Vos metió las manos dentro del pantalón del uniforme y abrió una bolsita oculta que portaba colgada de su cintura. Sacó un fajo de billetes y se lo enseñó a la mujer:
—Quiero más; mucho más…
Prólogo del libro «Esclavas del mercenario», original de DUKE. Este extracto ha sido cedido a la revista Sumissa y publicado en el Nº 10 por cortesía del autor de la novela.