EXPECTATIVA
La mazmorra estaba bañada en una tenue luz ámbar, suavemente proyectada por la luz indirecta que reflejaba la rugosidad de la pared de piedra y que resaltaba, aún más, la cruz de San Andrés. Todo en el ambiente parecía diseñado para una perversa intimidad: las cortinas pesadas y oscuras, el aroma a sándalo y canela que flotaba en el aire, y el suave murmullo de una música suave y desconocida que parecía envolverlos.
Ella estaba de pie junto al umbral de la puerta, con unos tacones finos, con un body negro de látex que apenas tocaba las suaves curvas de su cuerpo. Cada movimiento suyo era un estudio de precisión, incluso el aire que la rodeaba respondía a su presencia.
Él, sentado en el borde del potro, no podía apartar los ojos de ella, aunque le había prohibido mirarla directamente, cada vez que podía, esperando el deseado contacto visual, la buscaba, imperiosamente. Había algo en su postura —una mezcla de confianza, misterio y un toque de desafío— que lo mantenía inmóvil, como si una fuerza invisible lo hubiera atado a su lugar.
Ella sonrió, apenas, un gesto tan breve como el batir en el aire de su látigo, y dio un paso hacia él. No había prisa en sus movimientos. Sus tacones resonaban en el suelo con un ritmo calculado, cada paso una nota en una melodía que solamente ella parecía conocer.
—¿Sabes lo que más disfruto? —preguntó ella, inclinando la cabeza ligeramente, como si le estuviera compartiendo un secreto.
Él negó con la cabeza, su respiración ya más pesada.
—La expectativa —continuó ella, con voz baja, casi un susurro. Tomó una silla cercana y la colocó frente a él, sentándose al revés, con los brazos descansando sobre el respaldo. El body se ajustó un poco más a su figura, pero ella no se molestó en arreglarlo. Era un juego, y como siempre, ella tenía el tablero bajo control. El silencio que siguió fue tan poderoso como cualquier palabra. Ella lo miró fijamente, estudiándolo, y luego extendió la mano.
—Dámelas.
Él frunció el ceño, confundido.
—Tus manos, perro.
Él obedeció, casi automáticamente. Ella tomó sus muñecas con extraña mezcla de delicadeza y pasión, pero su agarre era firme, ineludible. Sus uñas trazaron líneas sobre su piel, dejando marcas que parecían ríos de lava por sus brazos, explorando cada línea, cada curva, mientras sus ojos nunca dejaban los suyos.
—¿Te das cuenta, perro? —dijo ella, casi en tono de reproche—. Todo esto… es mío ahora.
Él tragó saliva, sintiendo el calor de su aliento mientras se inclinaba ligeramente hacia él. No era únicamente su toque; era la manera en que manejaba el espacio, en que pausaba cada palabra, como si incluso su respiración estuviera planeada para mantenerlo al borde.
Cuando soltó sus muñecas, su piel aún parecía arder donde ella lo había tocado. Ella se levantó despacio, dejando la silla a un lado, y se inclinó apenas lo suficiente para que su rostro quedara al nivel del suyo.
—No se trata de lo que puedo hacer contigo —dijo con perversa suavidad—, sino de cuánto tiempo puedo hacerte esperar.
Él cerró los ojos, derrotado pero entregado, mientras ella se giraba lentamente y caminaba hacia la puerta una vez más, sin decir nada.
—¡Ven aquí, ahora! —su voz, como si fuese un trueno de preludio de tormenta, retumbó en toda la habitación.
—Sí, Señora.
No estaba acostumbrado a obedecer en su vida privada, ni tampoco en su trabajo. Para él todo era nuevo y excitante. Sus tendencias sumisas, las había bloqueado desde que era muy joven, y ahora se había atrevido a dar el paso y contactarla a Ella, solo a Ella.
—Ponte de rodillas—. Y su voz, al ordenarle, era inequívoca. No podía dejar de obedecerla.
Otra vez, recorrió su cuerpo, clavándole las uñas con alevosía por las partes más sensibles de su cuerpo. Con dureza cogió un collar de perro, le azotó la espalda y se lo puso en el cuello… y la correa de metal, como una serpiente adormecida, descansó en su espalda.
—Ahora en cuatro patas.
Al hacerlo, él sintió que su cuerpo y alma, le pertenecían a Ella. El taconeo de los pasos de la Diosa que se proyectaba en Ella, se hicieron más fuertes, más intensos, penetrables.
Sintió un dolor indescriptible en la espalda, la correa había despertado y se movía vertiginosamente de un lado a otro, dejando sus marcas evidentes. Los movimientos cesaron después de un golpe fuerte y certero. Él se encontraba ya tumbado boca abajo.
Primero fue un tacón en la espalda, después el otro. Sentir todo el peso de Ella en su cuerpo, le hizo estremecer.
—Vuelve a ponerte en cuatro patas— Le dijo Ella otra vez. Él, nada más escuchar sus palabras, volvió a mojarse.
—A partir de ahora, te castigaré cuando tengas una erección—. Rápidamente sacó su flogger de puntas y le dio 30 azotes en el culo. Con cada golpe, su excitación crecía aún más. Los golpes pararon en seco. Ella se puso detrás de él, lo cogió de la correa y la clavó un tacón en la espalda.
—¡Escupe, miserable gusano!—. Nada más terminar la frase, él exhala un gemido y eyacula, mientras sentía la fricción y presión del cuello, que no lo dejaba respirar. Una sonrisa de completo placer se dibujó en la boca de Ella. Verlo abatido, sin fuerza, obnubilado y desorientado, era lo que más disfrutaba.
—¡Vístete y vete!
Sin más… cogió su ropa y en tres minutos, ya estaba fuera. Aún está deambulando por las calles de la ciudad, pensando si fue un sueño o realidad.
Texto: Mistress Daiana
Ilustración: Sergio Bleda