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MI INICIACIÓN

Sonó el teléfono del escritorio de mi estudio iluminado suavemente por una pequeña lámpara e intuir la proximidad de un cambio tremendo en mi vida. Dejes sonar varias veces el teléfono, deseando que quedara en silencio, pero no fue así. A la sexta llamada, me rendí a lo inevitable y contesté. Al levantar el auricular y sin siquiera salir ningún sonido de mi garganta, lavó suave de una mujer comenzó a darme unas indicaciones, órdenes tal vez. Yo tomaba nota mentalmente de lo que oía y tras la última orden, colgué.

Todo empezó el día que una revista de contactos cayó en mis manos por casualidad. Entre la variada oferta de relaciones sexuales esporádicas, el anuncio de una mujer que ordenaba contactar a una femenina alma sumisa, me cautivó. Desde muy joven me había atraído la búsqueda del placer en mis relaciones sexuales, pero una educación rígida y religiosa me hacía ver que todo aquello era pecado. Más tarde conocí a un joven de una rica familia y con un futuro prometedor, con el que me prometí. Realmente poco amor siento por mi actual pareja y nuestras relaciones sexuales son de lo más tradicional, sobre todo por él. Pero mis veinticinco años, hay algo en mí, un afán de experiencias, un fuego en mi interior, que me hace ser… Un poco zorra. A escondidas de mi pareja he tenido experiencia de todo tipo, con amantes esporádicos, con más de dos hombres a la vez, con chicas… E incluso una vez con una amiga cómplice llegamos a poner un anuncio ofreciéndonos como putas, para ver como era aquello… Me gustó.

 

No obstante, en todas mis experiencias siempre siento como cierto vacío, como si no me satisfacieran totalmente y en el fondo no dejó de ser una chica un tanto tímida, a causa de una educación demasiado encorsetada. Pero la calentura y la pasión por la aventura me han hecho decidirme a buscar el placer sexual donde lo haya. Por eso, cuando por casualidad encontré aquel anuncio, lo vi como una forma de seguir buscando el placer que me dejara satisfecha. Pasaron varios días antes de que me decidiera a escribir a esta señora. Le envió una carta contando mi fantasías y mi deseo de ponerme a sus órdenes para que hiciera conmigo lo que quisiese.

 

A las dos semanas recibí contestación. Me ordenaba enviar una foto desnuda, un teléfono y el horario en el que podía llamarme. además adjuntaba un extenso cuestionario sobre mi vida, donde debería contar mis experiencias sexuales y mis fantasías como esclava, que tenía que enviarle con todas las preguntas contestadas detalladamente. Poco más me decía. Primero tenía que hacerme la foto, conté con la colaboración de mi amiga, sin decirle exactamente para qué era, solo que quería darle una foto a un amante al que pensaba dejar para que tuvieran recuerdo. Tardé unas dos semanas en volver a escribir dándole la información que me pedía. A los cinco días, una nueva carta me indicaba el día y la hora en la que me llamaría la que se proclamaba como mi nueva Ama. Me llamaría pasados quince días y estos quince días los he pasado nerviosa y a la vez excitada por lo desconocido.

 

La mujer, en su carta, parecía muy convencida de tenerme a sus órdenes y la verdad es que yo mismo me creía ya desde el principio mi nuevo papel de esclava sexual. Y por fin llegó el ansiado día. Así ha sido el comienzo de esta nueva historia sexual en la que pensaba sumergirme y en la que ahora mismo acabo de adentrarme. Sus órdenes fueron claras. Debía estar en la habitación 101 de un céntrico hotel el viernes, pasados dos días, a las nueve de la noche. Debía ir ataviada solamente con unos tacones de salón, los más altos que encontrara, un corte de cuero que apretara mucho mi cintura, pero que dejara al descubierto mis pechos y mi coñito, que además debería estar totalmente depilado. Además quedaba claro en sus órdenes que debería presentarme ante la puerta así, totalmente desnuda, portando solo lo que ella me había indicado. La última orden que recibí fue la de llamar con los nudillos cinco veces y colgó.

 

Al día siguiente fui de compras sola, tampoco quería que nadie sospecharan nada de lo que iba a ocurrir, ni siquiera mi mejor amiga y cómplice. No me fue tan fácil encontrar lo que mi Ama había ordenado que me comprara. Pensaba que los zapatos me serían fácil de encontrar, pero tuve que andarme todo el centro de la ciudad hasta que, después de cuatro horas buscando, encontré los que supuse serían de su agrado, los más altos y con una correílla que se anudaba a los tobillos. Para adquirir el corsé utilice otra táctica, el listín de teléfonos y aun así me costó lo mío, hasta que di con la prenda indicada el mismo día de la cita. Después de almorzar, llamé a mi novio y con una excusa un tanto rocambolesca me lo quité de encima para esa noche. Al medio día conseguí hora en la peluquería, quería estar guapa para mi Ama en nuestra primera cita.

 

A las cinco de la tarde comencé a transformarme en esclava. Preparé mi nuevo vestuario encima de la cama, me desnudé y, en el cuarto de baño, me apliqué crema depiladora sobre todo mi pubis, incluido los alrededores de mi vagina y de mi ano. Tras los quince minutos de rigor, me deshizo de los pelillos en el bidet y pasé al baño, que preparé con espuma relajante y muy perfumada. Me lo tomé con cierta tranquilidad, intentando que se me pasaran los nervios. Aplicaba la espuma por encima de mi pecho acariciándomelo, mi mano llegó hasta la entrepierna, tuve que evitar, con verdadero esfuerzo, masturbarme y me contenté con entretenerme en pasar la yema de los dedos por mi suave nuevo pubis. La sensación me agradó y de nuevo tuve que reprimirme para no masturbarme.

 

Después de secarme apliqué un perfumado body milk sobre todo mi cuerpo, recreándome en él. Me calcé mis nuevos zapatos, que en principio eran algo incómodos. Me puse en mí recién estrenado corsé. Me costó bastante apretármelo yo sola, pero al final conseguí que mi cintura se redujera varios centímetros. Me maquillé algo exageradamente y tras mirarme al espejo, reconozco que tenía toda la pinta de una puta. Seguro que le gustaría. Cogió un abrigo largo, así no podía salir a la calle, aunque reconozco que no me hubiera importado mucho. Me puse el abrigo, volví a mirarme y me agradó lo que vi. No me apetecía conducir, estaba cada vez más nerviosa, así que llamé a un taxi.

 

Le di la dirección del hotel al taxista, no me extrañaba que el buen hombre pensara que era una puta de lujo en busca de su cliente, y casi no se equivocaba. Llegué a la recepción del hotel y me encaminé a los ascensores. El recepcionista me llamó para preguntarme a dónde iba, le indiqué que 101. «¡Ah sí! Le están esperando», fue su, para mí, sorprendente contestación. Entre el ascensor y apreté el botón de la primera planta. Cuando llegué a mi destino, la habitación 101 se encontraba al final del pasillo, lo recorrí lentamente, miré mi reloj y faltaban aún diez minutos para la hora señalada. Cogí un cigarrillo y prefería esperar a la hora justa. Cada minuto que pasaba me temblaban más las piernas. ¿Cómo sería mi nueva dueña? ¿Qué haría conmigo? Llegó la hora, me quité el reloj y lo guardé en el abrigo junto al paquete de tabaco.

 

Me planté frente a la puerta, mira a mi alrededor, esperando escuchar algún sonido que me indicara si alguien se acercaba. No escuchaba ningún ruido revelador y me despojé de mi protector abrigo, quedando totalmente desnuda. Llamé a la puerta con mis nudillos dando cinco golpes. Pasó un ratito que a mí se me hizo eterno. Miraba a mi alrededor nerviosamente. La puerta se fue abriendo lentamente. Cuando estuvo totalmente abierta… «¡Pasa!». Ellas ocultaba tras la puerta. Pasa el interior de la habitación. La puerta se cerró a mi espalda y mi Ama se puso frente a mí. Era una mujer de unos 35 años, no muy alta, rubia, esbelta, yo diría que muy guapa. Estaba vestida con un corte de cuero muy parecido al mío, que igualmente mostraba sus generosos pechos, cuyos pezones había maquillado con una oscura pintura de labios. En cambio, su entrepierna estaba oculta tras un tanga de cuero. Sus piernas estaban enfundadas en unas altas botas de tacón de aguja y sus manos con finos guantes de cuero que le llegaban por encima de los codos. Completaba su escaso vestuario un hermoso collar de cuero engalanado con cristales que semejaban una lluvia de diamantes.

 

Separó ante mí, examinándome de arriba a abajo. Alzó su mano hasta uno de mis pechos, que sopesó. Yo, instintivamente, di un paso atrás y ella, cogiendo mi pezón con una fuerza que me hizo encoger, volvió a colocarme en el mismo lugar.

—No se te ocurra volver a moverte sin mi permiso.

—Vale —se me ocurrió decir.

—¡Si, mi Ama!, contestarás cada vez que te hable. ¿Entendido?

—¡Si, mi Ama! —contesté apresuradamente, en un intento para que ella aflojara la presión sobre mi pezón. Dio la vuelta y se colocó tras de mí. Pasó su mano sobre mi culo y dio varias palmadas con cierta suavidad. Me hizo pasar al salón de la amplia habitación del hotel. Me colocó en el centro y ella se sentó frente a mí.

—Pon tus manos en la nuca, abre bien las piernas y tu mirada siempre dirigida hacia el suelo. A partir de hoy, siempre que estés ante mí, adoptarás esta postura o bien con las manos atrás, pero nunca por delante. Siempre tienes que estar ofrecida a tu Ama o a quien yo decida. Como ya te he dicho, a partir de ahora me tratarás como «Mi Ama» y todas tus contestaciones a mis preguntas habrán determinar con dicho tratamiento. Solo te está permitido hablar cuando seas preguntada. Nunca llevarás bragas y coño siempre ha de estar depilado. Me han agradado mucho los zapatos y el corsé, con él quiero que siempre aparezcas en nuestras citas. Tienes unos pechos hermosos y bien sostenidos, así que de sujetador nada. Cada vez que yo desee verte, has de presentarte ante mí totalmente desnuda, como has hecho hoy.

—Tu cuerpo y tu mente me pertenecen a partir de hoy —prosiguió—. Las relaciones con tu prometido han de seguir como hasta ahora, pero cuando yo te llame a mi presencia no quiero excusas. Con tus amistades y demás, tu comportamiento y tu forma de vestir no cambiarán, salvo el hecho de no llevar bragas y el depilado de tú coñito. Respecto a las aventuras sexuales que has tenido, estas se han acabado, tu novio puede llevar cuernos, yo no. Además, ya te procuraré lo suficiente amantes y aventuras para que no necesites buscarlas por ti misma. Pero, por encima de todo recuerda, a partir de hoy es solo mía en cuerpo y alma. Estas son mis condiciones, de momento. ¿Estás de acuerdo, esclava?, piénsatelo bien antes de contestar.

 

No tuve que pensarlo mucho, las palabras de mi Ama me subieron la libido hasta el límite y no tardé mucho en contestar:

—Si, Mi Ama.

Ella se levantó y fue hasta el dormitorio. A su vuelta traía un voluminoso bolso de viaje. Lo abrió y comenzó a sacar todo tipo de artilugios de cuero y un par de rollos de cuerda, para mi castigo. Se acercó a mí y comenzó a desatar el corsé, hasta dejarme solo con los zapatos. Tomó un trozo de cuerda del rollo que traía y lo cortó. Me lo enrolló alrededor de la cintura, llevando luego los extremos hasta pasarlos por mi entrepierna. Abrió bien los labios de mi vagina e hizo que la cuerda pasara justo por el centro. Se colocó detrás de mí y tiró con fuerza, volviendo a atarlo a mi cintura. La cuerda se me clavaba bastante y comencé a sentir dolor, pero a la vez notaba como estaba totalmente inundada.

 

Luego cogió el resto del rollo de cuerda y comenzó a atarme los pechos en todo su alrededor, apretando también con mucha presión. Me hizo poner la mano delante y enrolló la cuerda alrededor de mis brazos haciendo que estos se pegaran a mis pechos. Luego tomó mis muñecas, las ató con fuerza y las unió a mis doloridos pechos, que comenzaban a cambiar de color. Todo terminó con un nudo a mi espalda. En ese momento me miré los pechos y la complicada atadura me dio la sensación de ser difícil de desatar.

 

—¡Arrodíllate! —Casi caí sobre mis rodillas y mi cuerpo se balanceó peligrosamente. Estuve a punto de dar con mis pechos en el suelo. Ella se sentó frente a mí, encendió un cigarrillo y se quedó observándome. Yo dirigí casi instintivamente mi mirada al suelo y así me quedé hasta que mi Ama terminó de fumar. Se levantó y cogió un látigo, se colocó detrás de mí y comenzó a azotarme. Al principio, los azotes eran más bien suaves, como vio que yo no me quejaba, empezó a hacerlo con más fuerza. Cada foto era más fuerte que la anterior y yo comencé a acusar la intensidad del castigo. De mis ojos brotaron alguna lágrima y de mi boca se escapó algún quejido. Ella parecía algo molesta por mis quejas y cogió una especie de bozal de la bolsa.

Era de cuero y tenía un pene artificial. Ella me agarró fuertemente del pelo, me obligó a alzar la cara e introdujo el pene en mi boca sin ningún miramiento. Después lo cerró sobre mi nuca. Era bastante incómodo, pero efectivo, porque en los siguientes azotes me fue totalmente imposible articular algún quejido. De repente se paró y volvió a sentarse, observándome. Mi rodilla comenzaron a dolerme bastante, la boca casi la sentía desencajada por el grosor de la polla artificial y mis pechos eran decididamente morados. El calor que emanaba de las marcas de mi culo y de toda la situación que estaba viviendo, me transportaron a un nuevo paraíso de placer completamente desconocido para mí. Juraría que sentía como mi coño chorreaba por mis muslos.

 

 

Mi Ama volvió a levantarse y me hizo alzarme, cogió unas tijeras y comenzó a cortar las ataduras que aprisionaban mi cuerpo. Mis manos estaban entumecidas, mientras yo me miraba preocupada mis pechos. Ella pasó sus dedos por las marcas que los rodeaban y comenzó a masajeármelos con fuerza. De mi entrepierna saliendo surcos que iban a reunirse con los que rodeaban mi cintura. Todo, absolutamente todo, me era de lo más excitante. Me quitó la mordaza, no sin algún esfuerzo. Mi garganta entumecida quedó medio cerrada y conseguí tragar las repentina afluencia de saliva haciendo un esfuerzo. Entonces recordé una de mis obligaciones que estaba infringiendo. Abrí mis piernas y coloqué mis manos en la nuca. A Mí Ama parece agradarle. Cortó del rollo dos trozos de cuerda que ató a mis muñecas, me hizo agacharme y las ató a su vez a mis muslos, obligándome a quedar en cuclillas.

 

De su bolsa cogió dos pinzas metálicas, que sin muchos miramientos colocó en mis pezones. El dolor me resultó un tanto insoportable. Una nueva mordaza me fue colocada, esta vez el pene fue sustituido por un enorme bola que hizo crujir mi mandíbula. De nuevo tomó el látigo y sin ningún miramiento comenzó a azotarme. Esta vez no comenzó con suavidad, sino que desde el primer golpe la intensidad era violenta. Yo, con bastante dificultad, intentaba guardar equilibrio para no dar de bruces en el enmoquetado suelo. Me cogió de los pelos y me obligó a enderezarme. Esta vez los azotes no se centraban solamente en mi espalda y trasero, sino que se dejaban caer directamente sobre mis pechos y sobre mi expuesta vagina. Las lágrimas que rodaban por mis mejillas eran totalmente sinceras al igual que los gritos que intentaban salir a través de la mordaza. Un potente azote hizo que una de las pinzas que mordían mis pezones saltara.

 

 

 

 

El dolor me hizo caer, dando con mi culo en el suelo. Ella parecía estar satisfecha con el castigo y soltó el látigo. Se acercó a mí y con suavidad retiró la otra pinza, provocando temblores en mi cuerpo, aún poco acostumbrado al tratamiento que estaba sufriendo. Cogió de nuevo las tijeras y cortó las ataduras. Un seco «levántate» me hizo reaccionar con prontitud a la orden, colocándome inmediatamente en la postura obligada. Retiró la mordaza de mi sufrida mandíbula y se sentó de nuevo a observarme.

—Ha he estado mejor de lo que imaginaba, esclava.

—Gracias, mi Ama —alcancé a decir acertadamente. Ella sonrió complacida.

—Ahora quiero recompensarte, te lo has merecido, esclava. Mastúrbate.

Comenzó tímidamente a acariciar mi clítoris, inflamado por la excitación y arqueando mi cuerpo para llegar a él más cómodamente. Fui acelerando la velocidad de mis caricias y ya comenzaba a sentir la llegada del orgasmo. Sin darme cuenta, caído de rodillas justo en el momento que el clímax me inundó. Quedé realmente rendida a los pies de Mi Ama. Ella, sonriente, me tomó por la barbilla y me hizo mirarla a los ojos. Se levantó y se quitó el tanga que ocultaba su tesoro, mostrándomelo por primera vez. Volvió a sentarse, esta vez en el borde del sillón y muy abierta de piernas.

 

—Cómeme el coño, esclava.

 

Arrodillada, me acerqué a ella y comencé a pasar mi lengua por toda su vagina, hasta que me centré en su clítoris. Su vagina me parecía preciosa, me sabía a gloria, incluso diría que estaba dulce, sabrosa. Ella comenzó a temblar, me tomó con fuerza por los pelos y era ella misma quien llevaba el ritmo de mis caricias, casi restregándose toda mi cara por su entrepierna. Con un grito anunció la llegada del placer. Se relajó tras su brutal orgasmo, me cogió la cabeza y la apretó sobre su vagina. Al momento, un chorro caliente de orina me llegó hasta la garganta, llenando mi cara y cayendo por mis pechos.

 

 

 

Para mi sorpresa, más que parecerme repulsiva, me pareció maravillosa aquella cascada, que tragué con devoción e incluso me enfadó que se me escapara por la comisura de mis labios, pero la sorpresa me impidió reaccionar con prontitud. En adelante, nunca se me volverá a escapar ni una gota de su dulce lluvia. Me hizo apoyar mi cabeza sobre su muslo. Así nos quedamos un buen rato, ella cómodamente sentada y yo con mi cabeza en su regazo, mientras ella me acariciaba el cabello dulcemente, como si fuera su perrita preferida (hoy sé que lo soy).

 

Así fue mi primera aventura junto a Mi Ama, con quien me adentré en el mundo del SM y por fin encontré el placer que me dejaba realmente satisfecha y plena. Mi vida sigue de lo más normal ansiando una llamada suya, que raramente se hace esperar como me prometió, siempre está maquinando nuevas aventuras para que yo nunca me aburra y bien que lo consigue, su imaginación es tan desbordante, tan ilimitada, tan exacerbada, tan morbosa, p tan desatada, tan…

 

 

 

 

Relato publicado en el Nº 18 de la Revista Sumissa y escrito por Cristina. 

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